Al otro lado del televisor

Olekssandr Panasyuk
Detrás de la pantalla
Oda a quienes buscan y no se rinden
Contenido
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Capítulo |
Título |
Página |
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1 |
El Éxodo |
3 |
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2 |
La Fuga |
12 |
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3 |
El bocadillo |
18 |
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4 |
El Hotel |
26 |
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5 |
Madrid |
34 |
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6 |
Uvas maduras |
43 |
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7 |
La Ducha. |
50 |
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8 |
Estrellas |
57 |
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9 |
El Cabrón |
65 |
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10 |
Atocha |
73 |
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11 |
El Caníbal |
82 |
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12 |
En la calle |
92 |
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13 |
La Ladronzuela |
98 |
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14 |
Suiza |
105 |
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15 |
Camping |
110 |
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16 |
Almuerzo |
115 |
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17 |
Refuerzos |
120 |
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18 |
Incidente |
126 |
Capítulo 1. El Éxodo
La esposa y las dos hijas con lazos en el pelo miraban por la ventana de invierno: esperaban a papá.
A menudo me sorprendía pensando que esa espera se había vuelto costumbre en nuestra familia.
Cada mañana, al despedirme para ir al trabajo, ellas sabían que volvería sin falta: cansado, pero con una sonrisa y con algo rico en las manos.

Detrás de ese hábito se escondía no solo el amor, sino también el miedo al cambio: el temor de que algún día todo se rompiera, y aquel ritual familiar se interrumpiera para siempre.
Mis dos hijas pequeñas eran como luciérnagas. La mayor ya intuía que en la vida existen palabras difíciles: “responsabilidad”, “deber”, “separación”. Siempre me miraba de frente, más seria de lo que correspondía a su edad, como si intentara comprenderlo todo antes de tiempo.
La menor era como un soplo de viento: en sus ojos siempre danzaba un rayo de sol. Sabía disfrutar de cualquier detalle, atrapar un copo de nieve con la lengua, esconderse tras el vestido de mamá y enseguida correr hacia mí con los brazos abiertos.
Vivíamos de manera sencilla. En un quinto piso de un edificio que siempre olía a pan fresco de la panadería vecina y a cenas ajenas.
El patio era bullicioso: por las tardes los ancianos se reunían en los bancos y los niños corrían en la nieve hasta caer rendidos.
Cuando las niñas subían corriendo por las escaleras, sus pasos —en sandalias en verano, en botas de fieltro en invierno— eran la música de aquella casa.
Yo sabía: mientras sonaran esos pasos, mientras en casa hubiera risas, la vida continuaba pese a todas las dificultades.
Mi juventud había sido distinta. Primero, una infancia dura en el campo, donde uno se hacía adulto demasiado pronto: la vaca era más importante que los juguetes, el campo y el trabajo más que la escuela.
Después, el ejército, donde todo se aprende a través del dolor, y lo esencial es no perder lo humano en el hombre.
Volví con una convicción firme: la familia es una fortaleza que no se defiende con muros, sino con cuidado, amor y fidelidad a la palabra dada.
Tenía apenas veinticinco años. Fuerte, seguro de mí mismo, pero ya consciente de que sobre mis hombros no estaba solo la juventud, sino también la responsabilidad por tres: mi esposa y mis dos hijas.
No había leído a Makarenko, no conocía la palabra “psicoterapia”, nunca había ido a psicólogos: para nosotros era más simple. Si el niño era feliz, entonces todo estaba bien.
La fidelidad era como una segunda piel para mí. Presté juramento dos veces: primero a la Patria, luego a la familia. Y no me permitía ni un paso al lado, ni un pensamiento de traición. Esa era mi esencia —a veces quizá demasiado obstinada, pero no sabía ser de otra manera.
Pero la vida insistía en recordarme: no basta con ser honesto. Mi país se deslizaba lentamente cuesta abajo: los salarios se evaporaban, los precios subían, un vecino perdía el trabajo, otro vendía el piso para sobrevivir. No podía soportar ver cómo mis hijas crecían esperando un futuro mejor que, al parecer, nunca llegaría aquí.
Y entonces tomé una decisión. Recuerdo aquel instante con nitidez —como agua helada cayendo desde la cabeza hasta los pies. Presenté documentos para salir al extranjero. Mi esposa lloraba por las noches, escondiendo la cara en la almohada.
Yo fingía no darme cuenta —así era más fácil. Las niñas no entendían qué pasaba, pero sentían la inquietud en el aire. Yo, como podía, las distraía: ayudaba a armar la casa de muñecas, reparaba los trineos, contaba cuentos antes de dormir. Pero en el corazón crecía la expectativa de algo enorme, nuevo, aterrador.
El proceso duró meses —colas interminables, certificados, conversaciones, dudas. Pero no me permitía rendirme. Trabajaba día y noche: electricista, cargador, peón.
El dinero no alcanzaba, pero me parecía que el simple hecho de luchar era importante —para que mis hijas supieran: papá no se rindió, no las abandonó.
Aquel día decisivo, el invierno era especialmente gris. Desde la mañana caía nieve húmeda, el viento silbaba en las rendijas de las ventanas.
Tras el turno, entramos con los compañeros en un almacén —a beber té, calentarnos, distraernos en la charla habitual sobre dinero y los hijos.
Era acogedor y triste a la vez: todos sabíamos que algo estaba a punto de cambiar.
El teléfono sonó inesperadamente. Tardé en comprender que era para mí.
—Todo está listo. Es hora de partir —dijo con calma una voz masculina.
—¿Cuándo? —pregunté.
—Esta misma noche. Pasaremos por ti.
El tiempo pareció detenerse. Miraba la taza de té —el vapor, las marcas sobre la mesa, el borde irregular de la loza— y no creía que todo fuera real. ¿Cómo decirlo en casa? ¿Cómo explicar a las niñas que mañana todo sería distinto?
—Chicos, me voy… —susurré.
—¿A dónde?
—Si lo supiera…
Empaqué en silencio. La bolsa, como siempre, ligera —hábito que me quedó del ejército.
Caminaba hacia casa a través de la ciudad ya cubierta por la nieve de la tarde. Las luces de las ventanas cortaban la oscuridad como faros en el mar. Detrás de cada ventana —una vida, sueños, esperanzas.
Me preguntaba: ¿qué será de nosotros? ¿Volveré algún día? ¿Cumpliré lo que prometí a mis hijas?
En casa todo seguía igual. Mamá en la cocina, mi hija jugando con el gato en el suelo, mi esposa planchando una camisa. Pero al cruzar el umbral, el aire se espesó —todos lo sintieron.
—¿Qué te pasa? —preguntó mi esposa.
Solo la abracé, sin decir nada. Ella lo entendió todo de inmediato.
La mayor me trajo su medallón —un amuleto que la abuela le regaló en Navidad, y una estampa de San Nicolás. “Que te ayude” —susurró.
El tiempo se volvió espeso como la miel. Cada movimiento, cada mirada, se volvió lento. Nos abrazamos en silencio, como intentando grabar ese instante para siempre.
Miraba a mis niñas y pensaba: cuán poco les he dado, cuán poco alcancé a contarles… ¿Qué es la felicidad? ¿Cómo ser honesto? ¿Cómo no traicionarse, incluso cuando el miedo aprieta?
Fuera brillaba la ventana familiar. En ella nos reflejábamos todos —una familia unida por el amor y el miedo al futuro.
De repente, la llamada: “El coche está abajo”. Fin del plazo. Era hora de partir.
Empaqué rápido, casi de forma automática. Mi esposa secaba las lágrimas, intentando sonreír. Mis hijas se aferraron a mí —cálidas, cercanas, como siempre.
—Las despedidas largas son lágrimas de sobra —dije—. No me acompañéis, volveré pronto.
La última mirada: tres siluetas queridas —mi esposa y mis dos hijas con lazos en el pelo, bajo la luz dorada de una tarde invernal. Me observaban a través de la nieve, queriendo quedarse conmigo un instante más, al menos con la mirada.

Bajé, salí a la noche. El patio estaba vacío, solo la nieve crujía bajo los pies. Me giré y comprendí: la casa siempre estaría detrás de mí, mientras allí esperaran, mientras brillara la ventana.
…El amor no siempre significa quedarse. A veces el amor significa partir, para luego volver y traer una nueva esperanza al hogar. Significa vencer al miedo, no perderse a uno mismo, avanzar incluso cuando el camino no se ve.
Aquella noche sentí con fuerza: el camino a casa no son kilómetros, sino la fe en que un día regresarás, y que en la ventana te volverán a esperar —mi esposa y mis dos hijas con lazos en el pelo.
Porque la luz en la ventana familiar —ese es tu sentido, tu éxodo y tu camino de regreso.
Al salir a la nieve, en esa oscuridad nació el primer impulso. Las dejó por algo que ni él mismo podía explicar.
Por una oportunidad. Por una chispa que se convertiría en el inicio del retorno.
Comprendió que el amor es cuando caminas hacia lo desconocido, para un día volver más fuerte y llevar contigo a quienes dejaste atrás. Aunque te tome toda una vida.
Capítulo 2. La fuga
En el interior del coche reinaba un calor acogedor. Los faros rasgaban la oscuridad invernal, arrancando de la penumbra señales de tráfico y la autopista cubierta de nieve.
El vehículo se mecía suavemente sobre las dunas blancas, como si navegara por las olas de mares ya olvidados.
Los copos volaban en dispersión a lo largo del camino, se elevaban y caían sobre el cristal en destellos chispeantes, semejando un antiguo fuego artificial de Año Nuevo
. Detrás de las ventanillas dormitaban árboles somnolientos: sus siluetas oscuras se habían envuelto en un manto de escarcha, como si la propia naturaleza los vistiera con trajes navideños.
Todo alrededor parecía detenido, aguardando un milagro.
Miraba por la ventana, y en aquel movimiento nocturno, casi cósmico, se desvanecían cada vez más lejos las luces de mi ciudad natal.
Allí, en lo profundo de esos resplandores, quedaba mi vida anterior, mis costumbres, mi casa y la gente con la que me había despedido sin palabras.
No sabía si volvería a verlos; y en ese momento, el pasado dejó de ser una simple sombra para convertirse en algo irrepetible, que se me escapaba de las manos.
La noche transcurrió rápido, en una sucesión de señales, sueños entrecortados y pensamientos persistentes que agitaban el alma.
Entre el sueño y la vigilia se deslizaban rostros de mis hijas, de mi esposa, de mis amigos: a ratos me quedaba dormido, a ratos despertaba sudando frío, cada vez preguntándome si no era todo un sueño y aún estaba en casa.
Pero el sopor se desvanecía pronto: lo único que quedaba era la carretera y el vacío por delante.
Pronto apareció a lo lejos la frontera —la propia suerte había marcado esa línea entre lo que había sido y lo que sería. Las enormes letras “Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas” se alzaban no solo sobre el país, sino también sobre mí. Los documentos no estaban listos: la Madre Patria me amaba tanto que no quería dejarme ir.
Como si temiera que me escapara para siempre. ¿Y acaso era posible soltarse así, de golpe? Mi compañero de viaje y yo parecíamos dos escolares traviesos que decidieron huir de clase —solo que aquella lección no trataba de literatura, sino de supervivencia.A dúo todo era menos aterrador. Había en ello un eco de viejas aventuras rurales: recordé los días en que escapábamos del guardián del huerto, nos lanzábamos a los barrancos y reíamos hasta olvidar el miedo.
Pero ahora no había risas: solo un nudo en el estómago, como si estuviéramos al borde de algo demasiado grande para un hombre común.
Siguiendo el consejo de los curtidos, nos acercamos a un enorme camión en un área de descanso.
El conductor —un hombre de ojos cansados y la costumbre de verlo todo sin preguntar nada— nos comprendió al instante. No éramos los primeros. Tampoco seríamos los últimos. Asintió en silencio: —Suban.
Nos deslizamos bajo la lona y nos adentramos en la caja, repleta hasta el tope de hierro. Trepando entre paquetes de metal pesado, sentía cómo se desgarraba mi chaqueta, cómo una viga se me clavaba en el pecho, cómo los zapatos resbalaban sobre el suelo de acero. El frío mordía los dedos, el viento ululaba allá afuera. Yo procuraba no pensar en el hielo, recordando: “¿Para qué llevar tantas cosas? Al fin y al cabo voy a tierras cálidas, no a Kolymá…” Solo que los guardias fronterizos estaban vestidos como si partieran al Polo Norte: botas de fieltro, abrigos de piel, fusiles al hombro.
El camión rugió, y en sintonía con su corazón diésel comenzó a golpear el mío. Olía a gasóleo y a invierno. Apenas cien metros —y cada instante se convertía en eternidad. ¿Nos detendrían? ¿Habría registro? ¿O tal vez pasaríamos inadvertidos?
El vehículo aminoró, se detuvo. Se oían voces bajas, botas corriendo sobre la grava, el ladrido de perros. Ese ladrido se acercaba cada vez más, feroz, insistente: dos enormes pastores alemanes se lanzaban contra la lona, sus patas golpeaban la tela como si quisieran arrancarnos de allí. Su aliento ardía, como vapor negro que atravesaba la lona; sus dientes arañaban mi razón y hacían temblar mi corazón.
Me quedé inmóvil, dejé de respirar; incluso el corazón pareció detenerse un instante.
—¡Sherkhan, fú! —gritó un militar, intentando contener a la fiera. Pero ¿cómo frenar al cazador que ya huele a su presa? Pensé que, si los soltaban en la caja, no habría espacio para los cuatro… y no sería nada gracioso.

De pronto se abrió la hebilla del cierre. La lona se levantó y en la luz de luna apareció la cabeza de un guardia. Echó una mirada rápida sobre aquellas montañas de hierro, sin molestarse en escudriñar las sombras. —Sería una rata —dijo a su compañero—. Sherkhan las detesta.
Moví apenas los labios: —La rata serás tú…
El corazón me golpeaba como persiguiendo su libertad.
El motor volvió a rugir, y la frontera quedó atrás. El ladrido de los perros se apagó como un mal sueño.
Me dejé caer sobre un paquete duro de metal y, por primera vez en horas, me permití respirar a pleno pulmón.
En mi mente sonaban retazos de un viejo romance: “…huíamos por una senda solitaria, temiendo la caza y los perros de Siberia…”
Miraba por la oscura ventana de la vida y comprendía: lo que quedaba atrás no era solo un país, sino también una parte de mí. Ahora solo quedaba el camino y la esperanza de que aquella
fuga algún día se transformara en un regreso. Quizás dentro de muchos años, quizás en otra vida, aunque fuera solo en un sueño.
Capítulo 3. El bocadillo de la tía Europa
La tía Europa, aunque no se alegró demasiado de mi llegada, tampoco echó de inmediato al pobre pariente desde el umbral.
Me entregó un autobús magnífico —largo, reluciente, como un sueño.
Y un bocadillo caliente… aunque por mi propio dinero, pero en aquel momento fue más que pan. Era el aire de la libertad con sabor a kétchup y a salchichón barato.
Por primera vez en mucho tiempo respiré a pleno pulmón. Me senté, cerré los ojos y me dije: “Parece que he sobrevivido. Incluso, quizá, que he triunfado”.

El autobús arrancó, y con él comenzaron a moverse las casas, los árboles, la gente. El propio vehículo parecía quieto: era la tierra la que retrocedía bajo las ruedas, como en una película.
Al instante recordé los viejos PÁZik rusos, aquellos que brincaban en los baches y donde los pasajeros vivían una vida entera:
— “¡Cuidado, llevo huevos!” — “¡No son troncos, cabrón!” — “¡Para aquí! Aunque no esté escrito, yo lo necesito.”
En Europa nadie gritaba. Todos viajaban en silencio, como si se avergonzaran de sí mismos. Y solo yo, en aquel autobús, conocía el verdadero precio del billete: me había costado media vida.
Al fin me relajé. Terminé mi eurobocadillo con queso artificial y salchichón, me recosté en el asiento mullido y, ¡milagro!, me quedé dormido. Por primera vez en dos días.
Hacía calor. Era acogedor. El cuerpo dejó de temblar de tensión, y la mente —al menos por un rato— dejó de contar kilómetros hasta la meta. Solo un pensamiento no me permitía dormir de verdad: pronto el autobús llegaría. Y tendría que bajar. Bajar a un mundo ajeno, desconocido, sin amigos, sin conocidos y sin idioma.
Antes de partir, un conocido de un conocido me dio el número de otro conocido que supuestamente vivía en esa ciudad. “Llámalo, es buena persona, te ayudará” —me dijeron. Toda mi esperanza estaba en aquel número.
El papel con las cifras yacía en el bolsillo interior de mi chaqueta. Lo comprobaba una y otra vez: estaba allí. Incluso a través del forro lo palpaba: parecía que me calentaba.
Era mi único asidero. Mi puente hacia la vida. Mi “tarjeta SIM de supervivencia”.
No había venido en vano. Viajaba para ganar dinero: para los estudios de mis hijas y para los zapatos de mi esposa, como había dicho una vez Golubkov.
Y ya no parecía una broma. Era un plan. El plan de un hombre pobre con un bolsillo interior en el que no solo había un número, sino también todo su destino.
Tal y como estaba previsto, el autobús llegó puntual. A unos los recibían con abrazos, otros arrastraban por sí mismos sus maletas. Yo bajé con una bolsa al hombro, sin esperar abrazos ni el acostumbrado “hola, ¿qué tal?”.
Me dirigí a la salida de la estación con paso firme, como si todo aquello lo hubiera vivido antes. El ejército me había enseñado: cabeza fría —corazón ardiente. Y, sobre todo, nada de pánico. El pánico es el enemigo, el orden es la salvación.
Caminaba como si hubiera crecido en aquellas calles, aunque en cada farola, en cada cristal me enfrentaba a una realidad desconocida.
No sabía adónde iba. Pero estaba seguro: en la siguiente esquina habría una cabina telefónica. Con cable. Con auricular pesado. Con disco de marcar.
Así era en las películas. Y así ocurrió en la vida.
Estaba allí, junto a la pared. Limpia. Entera. Como si me estuviera esperando.
Introduje una moneda, marqué el número con la esperanza de escuchar algo humano. Pero el teléfono no respondió. Ni en ese intento, ni en los siguientes veinte años.
Tras pasar un par de horas en el banco duro de la estación, volví a llamar una y otra vez. Aquel número, en el que reposaba toda mi esperanza, no respondía. Ni a la primera, ni a la quinta, ni a la décima llamada.
El teléfono sonaba al vacío, como si realmente estuviera llamando al cosmos.
Y en mi cabeza resonaba cada vez más fuerte un frío timbre metálico, como un aro que se cerraba en mis sienes.Me sentía como un astronauta desprendido de su nave. Todavía la veía, pero ya no podía volver. Solo quedaba avanzar… o morir.

En aquel momento en mi mente giraba una sola idea:
“Queda por entender de qué lado está la delantera de Europa. Y hacia dónde caminar para no caer en la nada.”
De las películas yo sabía: los taxistas lo saben todo.
“Entonces adelante —a los taxistas”, pensé, y me acerqué a un joven macho de unos cuarenta años.
El taxista alegre jugaba con los gestos de su cara como el mejor actor de teatro.
Sus ojos brillaban tanto que en ellos se reflejaban las palmeras y la propia estación.
Parecía tan feliz de verme, como si fuéramos hermanos que no se veían desde hacía muchos años. Un instante más y pensé que me abrazaría.
“Todavía existen personas buenas”, pensé.
Pero había un problema…De sus labios carnosos, tostados por el sol, con restos de patatas fritas (y un evidente rastro de marihuana y cerveza) brotaba una especie de canción: demasiadas palabras, excesivas.
No podía comprender: ¿cantaba inspirado o me estaba imitando?
Yo solo conocía cuatro palabras en español: trabajo, vivienda, alquiler, comida.
Confiaba en que fueran suficientes —pues en un país extranjero hasta esas palabras pueden volverse conjuros.

Él me escuchaba con atención —como un perro pastor inteligente, inclinando ligeramente la cabeza, primero a un lado y luego al otro.
Yo estaba seguro de que me comprendía.
Pero el problema era que yo no lo comprendía a él.
En cuanto callaba, me cubría de nuevo con sonidos y gestos incomprensibles. Movía las manos, decía “paella”, besaba la punta de los dedos como si me ofreciera la salvación culinaria.
No nos entendimos.
Pero de pronto abrió la puerta del taxi y me señaló amablemente el asiento.
Todo quedó claro sin palabras: me llevaría a alguna parte. Y eso ya era mejor que nada.
Capítulo 4. El Hotel
Media hora después nos detuvimos frente a un viejo motel en pleno corazón de la ciudad. El taxista señaló con la cabeza hacia la entrada, y yo bajé, aún aturdido por el camino, el idioma, la incomprensión y, sobre todo, por mí mismo.
En la recepción me recibió una señora mayor. Amable, con arrugas que más parecían sonrisas dejadas por el tiempo. Asintió con cordialidad y enseguida comenzó a hablar a toda velocidad, como lo hacía el taxista: rápido, luminoso… y, por desgracia, aún incomprensible para mí.
Pero de repente se detuvo. Tomó mi pasaporte, lo miró y luego me miró a mí. Y volvió a sonreír, esta vez con más calidez, con más calma. En ese instante todo se volvió mucho más sencillo.

Sin una palabra de más, rellenó cuidadosamente un recibo. Lo miré y, para mi sorpresa, entendí: ahí estaba el precio, la moneda, todo lo que se requería de mí. Le entregué el dinero, y ella me pasó una llave con el número de la habitación. De nuevo, sin palabras de sobra.
Fue la primera verdadera comunicación. Ella no conocía mi idioma, yo no conocía el suyo. Pero ambos sabíamos hablar en lenguaje humano. Y lo más importante: ella sabía guardar silencio en mi idioma como si lo hubiera hecho toda la vida.
La habitación costaba exactamente lo mismo que el viaje en taxi. De inmediato comprendí: no eran extraños, sino cómplices. Se ayudaban, compartían clientes. Así se vivía allí.
¿Y sabes qué? Incluso me sentí incómodo al descubrir que la ciudad no era tan terrible como me había parecido.
Sí, era extraña, desconocida. Pero ya tenía un taxista, un bocadillo caliente, un asiento mullido en el autobús y una mujer que sabía callar en mi lengua.
Eso significaba que no todo era tan sombrío como había creído por la mañana.En la habitación me esperaban una cama limpia, agua caliente y un televisor en color. “Qué poco necesita un hombre para ser feliz”, pensé. Solo faltaba que mis seres queridos estuvieran allí.
La noche pasó rápida. Dormí bien y sin prisas. Lástima que había que marcharse. Y lo más difícil era: ¿hacia dónde?
El dinero se derretía como nieve en primavera, como arena entre los dedos —además, no era mío. Es difícil encontrar a alguien que te preste dinero para un viaje tan incierto.
Pensando en ello, no podía tragar bocado: lo único que quería era hallar trabajo cuanto antes para devolver la
deuda y dar algo, aunque fuera mínimo, a mi familia.
Al salir, devolví la llave a la señora y le agradecí como pude. Ella entendió todo y respondió: “De nada”. No sabía el idioma, pero lo adiviné por su entonación.
Cuando le pregunté dónde estaba el autobús, señaló con el dedo la dirección. En español “autobús” suena casi igual, solo que escrito distinto.
Con paso firme avancé hacia donde me indicó. Y, ¡oh, milagro!, a diez minutos del hotel apareció un enorme terminal de autobuses con el mismo viejo teléfono público ya conocido. “Ánimo, Juan”, pensé. De los conocidos aquí, solo me quedaba ese aparato. El propio Juan seguramente ya llevaba a otro turista.
La gran pared de la estación parecía romper todas mis esperanzas. Llegué… ¿y qué después? Después: el vacío.
Pero ese vacío no era simple ausencia de ruido o de luz.
Era el momento en que todas las tareas, las conversaciones ruidosas y el constante movimiento se apartaban, dejando un profundo silencio interior. En ese vacío el tiempo se detenía, y el corazón empezaba a hablar consigo mismo.
Era un espacio entre la expectativa y la realidad. Allí el pasado y el futuro se entrelazaban en uno solo.
Precisamente en ese vacío nacía la posibilidad de nuevos comienzos, de repensar las esperanzas perdidas y de encender un nuevo sueño.
Comprendí: el vacío no es el final, sino la pausa entre los estallidos de luz y fuego, entre el ruido y el silencio. Incluso cuando parece que todo ha perdido sentido, allí mismo puedes encontrar un lugar para recomponerte, donde cada pausa se convierte en punto de partida para un nuevo paso.
Ese vacío era una llamada a continuar, una suave invitación a mirar hacia dentro, para luego reunir chispas y volver a encender la hoguera de la vida.
Pasé el día deambulando alrededor de la estación, como un fragmento de vida ajena caído de una maleta.
El sol caía implacable, la ciudad seguía con su ritmo del sur: scooters zumbaban, olía a café y a polvo, y en la esquina una anciana convencía a los tomates de parecer más frescos. Para mí, todo aquello era como a través de un cristal: estaba allí, pero no del todo.
Un hormiguero ajeno en el que yo era una hormiga con mochila —inútil, invisible.
Dando ya la tercera o cuarta vuelta, regresé a mi banco.
Extraño, pero empezaba a parecerme familiar. Casi de la infancia, como aquel taburete de la dacha que cruje solo para ti —por exceso
de confianza.
Y de pronto… un rostro blanco. En medio de ese calor español brillaba como lámpara en sótano. Piel clara, mejillas sonrosadas —como gritando desde lejos: “¡Tengo buena abuela, con vaca, sótano con patatas y dos sacos de frambuesas!”.
Un tipo de unos treinta años. Propio, inconfundible. Estaba en la fila de las taquillas, bolso en mano, con la tensión de quien parece que va a cruzar clandestinamente la frontera con Honduras.
—¡Es el destino! —me alegré y corrí hacia él, hablando atropelladamente al estilo del taxista del sur: —¡Hermano, no sabes cuánto me alegra verte!
Estoy aquí solo, el teléfono no responde, no hay nadie, no tengo adónde ir, ¡y aquí estás tú —como un regalo caído de una maleta!El hombre se quedó inmóvil. Enrojeció. Dio un paso atrás y me miró con espanto.¿Cómo? ¿Cómo? —dijo, con voz temblorosa, esquiva.
¡Astuto! pensé. Se hace pasar por español. Todo claro. Él era de los míos, pero ya cosido a la vida local.
Un mestizo entre recuerdo de patria y realidad de supervivencia. Para él yo era como una carta del pasado —torpe, pesada y quizá peligrosa.
No cedí. Me acerqué, lo miré a los ojos y le pregunté suavemente: —¿Qué otras palabras sabes, hermano?

Se sonrojó aún más. En sus ojos se veía el dolor de quien acaba de aprobar un examen de español y entiende que todo lo estudiado fue en vano. —No tengo… dinero… voy con rumbo… no puedo llevarte… —balbuceó, como si se disculpara ante el destino.
Asentí. Ya no había enojo ni reproche, solo cansancio y un tranquilo “entiendo…”.Entonces sacó un cuaderno, un bolígrafo y, como último regalo, me escribió un número de teléfono en Madrid. —Esta gente se dedica a dar trabajo. La ciudad está a cuatrocientos kilómetros. Por dinero.
Era un nuevo objetivo. Una nueva esperanza. Como si alguien abriera de golpe un telón y vieras: ahí está el escenario, la luz, y alguien te hace señas con la mano. Y detrás del escenario —el camino. Y por ese camino había que avanzar. Simple. Otra vez.
Capítulo 5. Madrid
El número que me dejó aquel compatriota en la estación revivió recién entrada la noche. Los tonos eran largos y perezosos, como una siesta de verano. Finalmente, respondió una voz — seria, un poco ronca, con un dejo de cansancio y eterno escepticismo valenciano:— Venga, acérquese, lo arreglamos. Le costará casi nada… pero tendrá que pagar. Aquí todo tiene precio. Esto es Europa.
La entonación era como si él mismo hubiera construido Europa ladrillo a ladrillo y ahora cobrara el impuesto de amortización a los turistas.
El autobús salía solo por la mañana. Colgué el teléfono y alcé la vista al cielo — oscuro, espeso, como café sin azúcar. “Qué larga será esta noche”, pensé, y el banco de la estación me sonrió torcido en respuesta: “¿Otra vez tú?”
Miraba hacia mí como una vieja conocida con la que, en una borrachera, una vez compartiste cama — y ahora ambos fingen que fue por amor. Crujía, pero hacía como que me veía por primera vez.
Decidido: dormiría en el parque. Bajo el arrullo de las palmeras y el canto de las cigarras locales. Una celda de guardia, pero sin centinela ni castigos. Otro banco húmedo por el rocío, y la hierba con olor a polvo y a destinos ajenos. Hay algo en estas latitudes del sur — perezoso y sagrado a la vez — como un vino viejo que se bebe sin motivo, solo porque se puede.
Apenas me tumbé, como en los catres donde a menudo caía por escaparme en el ejército, cuando de la oscuridad apareció… una brigada.
No, no eran patrullas ni turistas con mochilas. Mi primera impresión: mineros. ¿Pero por qué tan tiznados? ¿O se acabó el agua en la mina? ¿Y de dónde, en medio de Valencia, salía una mina?
Escuché. No hablaban en español — ya mi oído distinguía. Tampoco rumano, ni polaco. Algo gutural, con ritmo de selva y de supervivencia.
Uno sacó un cartón, otro unas mantas rotas. Uno se tendió, otro junto a él. Unos sentados, otros recostados. No eran mineros. Eran africanos.
Si hubieran tenido lanzas, lo habría adivinado antes. Así era la escena: noche, parque, hermandad de vagabundos.
Uno se sentó cerca. Me miraba con atención. No con hostilidad, sino con curiosidad cauta, como si yo fuera una cebra en la sabana. Dijo algo en su lengua. No entendí, pero el tono era tranquilo. Luego, como en una película, sacó de una bolsa un pan, lo partió y me tendió la mitad.
Lo acepté. No por cortesía, sino por respeto y hambre. Mastiqué aquel pan con el mismo sentimiento con que antes en los trenes Moscú–Bratislava comía la chuleta de mi madre: con gratitud y ansiedad.
Masticábamos, nos mirábamos y sonreíamos. Como viejos camaradas de cuartel: distintos, pero propios.
“También en África son personas”, pensé. Solo de otro color. Como en aquella película *Enemigo mío*, cuando el extraterrestre le dijo al humano: “Qué cara más desagradable tienes”.

De pronto entendí: aquel hombre era un jefe de tribu. Su trono: ese banco. Su ruta de guerra: el camino a la iglesia donde a veces daban té. Y de día, ese mismo lugar lo ocupaban turistas haciéndose fotos con palomas.
Le agradecí el pan y el calor silencioso. Le señalé el reloj, luego la estación y con gestos hice “tu-tuu”. Se rió, breve, masculino. Una sonrisa auténtica, sin lástima ni burla. Y agitó la mano: vete. Eres de los nuestros.
Me fui, con un rumor en el corazón. Porque la noche era larga. Y los extraños no siempre son enemigos.
La noche se alargaba como fila al cielo para los que no tienen papeles. Cabeceaba, me levantaba a estirar huesos, a sacudir el frío. El cuerpo dolía. ¿Nervios? ¿Gripe? Escalofríos. Una tos silbante se agarraba a mi garganta como un gancho oxidado.
En la memoria retumbaba el ritmo de un camión cargado de hierro y el rap de Shérjan: “Aquí está el perro enterrado…” Me sonreí: “Esto es lo único que me faltaba”. Y caí en un sopor viscoso.
Por la mañana, con la cabeza como algodón y un zumbido en los oídos, llegué a la taquilla y compré billete.
Para asegurar, volví a llamar al número del compatriota. Apenas comencé a describirme — chaqueta verde, uno setenta y cinco…
— No se preocupe — me interrumpió una voz cansada pero firme —. Lo encontraremos. Espere junto a las taquillas.
Esperé. Como un árbol sin hojas. La cabeza retumbaba. La tos me sacudía como un motor viejo. “Que no sea neumonía”, recé en silencio. Pero aguantaba. “Con los míos, una pastilla, un té, y listo. Mañana corro un par de kilómetros, ducha, café, trabajo. Como todos. Como europeo.”
¿Qué trabajo? ¡Cualquiera! Soldador, mecánico. Lo que sea. Tengo manos, corazón, cabeza.
El autobús llegó suave, resopló como viejo y abrió sus puertas. Subí hacia la mañana y en la niebla vi un rostro blanco. No lo había visto nunca, pero lo reconocí de inmediato. Saludó con la mano:— Ven.
Junto a un viejo Opel Corsa esperaba otro — con maletín y cigarrillo. Un gestor de trabajos, al parecer. Apenas avanzamos, preguntó sin rodeos:
— ¿El dinero?
Recordé Mimino. “¿Quién viaja a Moscú sin dinero?” Sonreí:
— Dormí en la estación… Hotel, comida… No tengo todo. Pero con el primer salario lo devuelvo. Con intereses.
Se miraron. El coche se detuvo, abrieron el maletero, sacaron mi bolsa y la tiraron al suelo.
— En la estación hay Western Union. Llama a casa. Que envíen. Cuando tengas, avisas. Y no lo repitas. Conocemos a los pobres: reciben dinero y luego a ver quién los encuentra.
El coche se fue. Con él, mi última esperanza. Los pulmones se meencogieron.Pedir a casa: imposible. Ya bastante sufrían sin mí.
Me tambaleaba. Respirar costaba, la cabeza daba vueltas, la tierra flotaba. Vi un taxi. Me acerqué, murmuré algo de doctor. El taxista asintió: sube.
— No tengo dinero — dije débilmente.
Me miró fijo y dibujó un “5” en su palma.
— No es dinero — dijo simplemente.
Cinco minutos y cinco euros después ya estaba en el hospital. El edificio se alzaba como crucero anclado en mar de cemento.
Puertas de vidrio se abrieron solas y entré, como en nave extraterrestre. Batas blancas, teclados, olor a café y antiséptico. Aquí no curaban cuerpos, curaban presupuestos.
Gente corriendo como en el Titanic, confiando en que el iceberg los esquivaría.
Nadie me recibió. Solo me dieron un papel con cruces. Yo, como espía capturado, mudo, sin seguro, sin plan B. Solo dolor y ganas de no morir hoy.
Rayos X, suero, inyección. Cóctel estándar europeo, sin azúcar ni garantía. Tras unas horas, alivio. En un sillón mullido, como en sala business, pero sin billete. Pacientes tratados en pasillos, como en estación. Sin maletas, con goteros. Eso era Europa.

Y entonces apareció ella. La enfermera. Joven, como recién aprobada en bondad. Con carpeta en mano y sonrisa profesional.
Hablaba dulce, como si yo fuera un niño sin paraguas. La escuchaba como sinfonía: sin entender, disfrutando.
Y de pronto entendí: pedía dinero. Suave, bello, como quien habla del clima. Entonación de restaurante sin precios. Al final: “Aceptamos todas las tarjetas, menos la del destino”.
No tenía seguro. Ni papeles. Ni ilusiones. Aquí cada mirada, cada toque, tenía tarifa. En mi bolsillo, apenas para un pan o una llamada. Sonreíamos. Ella, yo. Había ternura: ella sabía que era pobre; yo sabía que era pieza del sistema. Jugábamos nuestros roles. Luego se fue.
Volvió con todo un comité. Batas blancas, caras serias. Mi pasaporte en sus manos, como billete falso. Susurraban. El principal, mezcla de director de clínica y matadero, me miró y dijo lo que entendí sin traducción:
— Es ruso. Bájenle la fiebre y échenlo. No tiene dinero.Las palabras cortaron orgullo, no carne. De noche, con pasillos en calma, volvió ella. Con pastillas y un zumo. Midió la fiebre, sonrió y señaló la puerta.
— Ya estás sano. A trabajar.
He ahí el juramento hipocrático. “Sana, y a la obra. Adelante, homo migratus.”
Del hospital a la estación, la misma ruta. Otra ciudad, mismo destino. Mi banco. Mi teléfono. Mi geografía de caída.
Compré billete con lo último. Quizá los euros más estúpidamente gastados. O los más necesarios. En el autobús, calor y suavidad.
Me dormí. Amanecía. Farolas apagándose, como ojos de actriz vieja tras la función. Afuera, siluetas familiares. Y allí estaba: mi estación. Mi banco. Mi ruta de esperanza sin techo. Era como estar en casa. Pero sin alegría.
Capítulo 6. Uvas maduras
Al regresar a mi banco después de otro fracaso en la búsqueda de trabajo, sentí cómo el peso de aquel día me aplastaba el pecho. El hambre, el resfriado y la creciente sensación de inutilidad arañaban dentro.
Era como si el mundo se inclinara un poco, y yo rodara por una grieta invisible entre “alguien” y “nadie”.
El frío calaba hasta los huesos, el cansancio se posaba como una vieja chaqueta militar: cálida, pero sin esperanza.
En mi cabeza giraban pensamientos: ¿reunir fuerzas como un resorte y hacer algo, o rendirme y caer en algún rincón para que por la mañana me encontraran los transeúntes — sin estorbar el movimiento del andén? El cerebro hambriento susurraba: “Solo sirves si algo malo te pasa”.
La estación zumbaba como un enjambre al borde del invierno. La gente corría, arrastraba maletas, buscaba café o enchufes, y yo me sentaba allí, mudo y vacío, como un billete sin destino.
Dejé de ser humano: me había convertido en parte del mobiliario ferroviario. Una piedra con ojos.
La noche fue larga y pegajosa. Los relojes no marcaban — goteaban. Me envolvía en mi chaqueta fina y, literalmente, me calentaba con recuerdos. La casa natal, los hijos, el olor de la cocina, incluso aquel enchufe viejo que siempre chisporroteaba como yo.
Y justo cuando mi “yo” ya casi entraba en modo espera, como un viejo Nokia, de pronto escuché un sonido familiar. Lengua conocida.
Cercana. Verdadera. En el banco vecino dos mujeres hablaban en mi idioma. No solo hablaban — charlaban como en la entrada de casa. Como si el universo recordara de repente que yo existía y hubiera pulsado el botón de “encendido”.

Me encendí. Desperté. Me lancé hacia ellas como gato al olor de chuletas. Las palabras salían sin puntuación: “¡Buenas noches! ¡Perdón! Estoy aquí solo, sin respuesta en el teléfono, sin trabajo, paso la noche, no sé ni dónde...”
Ellas me miraron y sonrieron. Cálidamente. Sin temor. Una de ellas, mayor, rió: “¡Bienvenido a las faenas!” — como entregándome un diploma de emigrante. La otra añadió, guiñando un ojo: “¿Ya diste dinero por el trabajo?”
Yo solté carcajada nerviosa, de felicidad y cansancio: “¡Ni tuve tiempo! ¡Si ni dinero tengo!” Se rieron conmigo, sin burla ni compasión. Esa risa me abrigó mejor que cualquier manta.— Pues mira, hasta suerte tuviste — dijo una. — Sí... ¿qué más suerte puede haber? — respondí mirando el cielo, donde las estrellas también estaban lejos de sus hogares.
— Quédate aquí, en breve llegarán los nuestros. Verán qué hacer contigo — dijo la de la chaqueta oscura. Me senté obediente. Pero ya no como un perdido
. Esperaba. Como uva madura, había llegado mi momento de ser notado, tocado, recogido. Y aunque no fueran dioses ni empleadores, sino dos mujeres con risa cálida, me bastaba para no morir en silencio.
Cerca de una hora después llegaron dos caballeros. En chándales relucientes, afeitados, perfumados con champú caro, como si hubieran salido de un anuncio. Sus zapatillas brillaban como sueños de desempleado, y las bicicletas parecían sacadas de un catálogo televisivo.
— ¿Qué hay? — preguntaron con indiferencia, como si estuviéramos en la oficina y no al lado de un cubo de basura. — Vicente pide cuatro para la uva — respondieron las mujeres, señalándome. — Y aquí otro perdido.
— No vamos con él, paga poco, son doce horas — dijeron los del gimnasio. — Ese queda para ustedes. Y otro viene detrás.
Apareció Petrovich. Mayor, macizo, con resuello de locomotora. — Perdón, me retrasé — dijo, aunque aún quedaban quince minutos para el bus. — Cómprame un billete — pedí bajando la vista, tragándome el orgullo. — Sin problema.
Me compras el de regreso luego. Asentí, agradecido de no temblar. Por dentro todo ya temblaba.
Fuimos a las taquillas, y con cada paso la vida volvía a las articulaciones. El resfriado se olvidaba, la tristeza huía: iba a trabajar. Aunque duro, aunque sucio. Lo importante era que iba.
En la parada nos esperaba un español curtido de sesenta años, con barriga como tambor y mirada amable. Zhenya y Tamara, mis nuevas guardianas, sabían algo de español. Lotería.
En un furgón viejo nos amontonamos cinco. Afuera corrían los campos, viñedos, árboles sin necesidad de buscar trabajo.

En el pueblo nos aguardaba un hangar enorme. Tractores a un lado, camas al otro. Cuartel improvisado. Petrovich y yo nos miramos como hermanos en desgracia. — ¿Al menos no eres de África? — pregunté, recordando al compañero del banco. — ¿No se te fue la olla? — rió. — Ya viene en camino, — respondí. Nos reímos. A carcajadas. El primer remedio contra la enfermedad.
De pronto, ¡Vamos! — gritó Vicente, jefe de la uva. Mi primera palabra española. Como nombre de amor.
Nos dieron tijeras y cestas. Trabajo organizado: novatos con locales. Yo con Miguel, serio y callado. Petrovich con Ana la joven. Zhenya y Tamara juntas, como siempre.
Los racimos crujían, caían en la cesta... y a veces en la boca. El jugo dulce corría por mis venas, como si en lugar de sangre llevara sol.
El cansancio se evaporaba, sustituido por esa dulzura inesperada.
Grito. Zhenya se cortó. Miguel saltó. Ana mayor trajo botiquín. Rápida, maternal. Vendaje, mirada, respeto. Ella no se fue. Aceptó el dolor. Eso era valor.
Al mediodía la espalda ardía. Cestas pesadas. Sudor como ducha interna. Doce horas — un crossfit español. Sin entrenador ni agua.
Al atardecer apenas caminábamos. Vicente pagaba sin palabras. ¿El salario es diario? — pregunté. — No todos sobreviven al mes — rió Petrovich.
Risas cansadas, vivas. Nuestro alivio.
Después, carrera a la tienda. Pan, salchichas, algo fuerte en botella barata. Cena-oración al cuerpo.
Y luego — laberinto de calles iguales. Hasta que la encontramos: Ana joven, con paso de fuego. Nos guió. Nos salvó. Ellos bailaban. Nosotros volvíamos al hangar.
Compartimos pan, salchichas, botella turbia. Comimos en silencio, pesado como piedras. Me quité los zapatos con miedo: pies hinchados, dolorosos. Me acosté vestido, con único deseo: desaparecer en el sueño.
Me despertó Petrovich. No al baño, sino al trabajo. Vicente ya estaba en la puerta. Igual que ayer. Función, no persona. — ¡Vamos!
Sin duda, sin réplica. Otra vez la uva. Otra vez el día.
Los tractores nos miraban callados, como viejos vecinos desde la ventana. Y si pudieran hablar, dirían sin burla: “¿Otra vez ustedes? Claro. Aquí nadie viene porque quiere.”
Capítulo 7. La Ducha. O la revolución
Al tercer día quedó claro: la ducha no era una opción doméstica, sino un instrumento de supervivencia. Un juego de eliminación. Disciplina olímpica con elementos de dramaturgia, diplomacia y un ligero toque de locura.
Por la mañana, cuando el calor apenas empezaba a afilar sus cuchillos y las axilas se preparaban para florecer con todo el abanico de aromas sureños, Petrovich y yo estábamos junto al muro del hangar contando, como verdaderos intendentes de la supervivencia: personas — 26, camas — 20 y media (una podrida), duchas — una.

Y esa solo podía llamarse ducha por un poeta suicida. Era un tubo que salía de la pared de hormigón, con una llave color óxido de zinc y un pedazo de cortina color “vida pasada”. El agua, para colmo, corría. Helada, honesta, implacable — como confesión antes del fusilamiento.
— Si hoy no me lavo — dije —, me rebautizo como “Alma que no alcanzó ducha”. Petrovich masticaba pan en silencio, mirando hacia los tractores que brillaban somnolientos con sus faros. Lo sabían todo. Lo habían visto todo.
La fila se formó sola. Como en un templo. Silenciosa, concentrada, casi religiosa. Cada uno creía que sería el elegido, el que caería bajo el chorro del perdón helado.
— ¡Solo los pies me lavo! — gritó tímidamente un chico en pantalón deportivo. — ¡Aquí todos somos pies! — se oyó desde la sombra. Quizás lo susurró el tractor.
Tercer hora de espera. La gente empezaba a perder fe y noción del tiempo. Alguien ya puso taburete — como en la cola soviética por salchichas.
Zhenya y Tamara trajeron un cuenco de plástico, como bandera de sentido común, y comenzaron a lavarse en un rincón con la misma dignidad con que las romanas tomaban baño en Cartago sitiado.
— ¿Qué clase de atajo es ese? — se sorprendió Petrovich. — Eso es ingenio femenino — suspiré. — Y nosotros, todo sobre la ducha…
Al caer la tarde las pasiones ardían. Uno en toalla intentaba colarse “solo un minuto”, otro ya defendía posición con la chancleta en alto. Surgió algo entre reunión de cocina comunal y revolución en barco pirata.
— ¡Apuntamos turno! — propuso Zhenya. — ¿Quién está de acuerdo? Levanten la toalla. — ¿Y quién es el jefe aquí? — preguntó un recién llegado. — El jefe es Vicente. Pero en la ducha — anarquía.
Encontré un cartón y escribí con rotulador:
HORARIO DE LA DUCHA (no confundir con horario de vida) 1. Zhenya 2. Tamara 3. Petrovich (por barba respetada) 4. Yo (si no muero antes)
El tractor pareció asentir con los faros. Aprobado. La ducha comenzó a funcionar según el horario. Incluso compusimos canción: “Oh, ducha nuestra, ducha, / Lava cuarenta almas muchas…”
Cuando al fin entré en ese vientre húmedo español, sentí: volvía a ser humano. El polvo, la desesperanza, el sudor, los toques ajenos y todos los “¡Vamos!” se escurrieron como mala idea. El agua importada resultó más agradable que la propia. No solo lavaba, absolvía.
Salí como renacido. Olía a jabón, ilusiones y esperanza. Vicente pasó cerca, me miró, sonrió.
Como sargento de instrucción soviético, lo entendía todo. Sabía: la ducha no era sobre higiene. Era sobre volver a uno mismo.
— ¡Petrovich, el agua llama! — grité animado, pero Petrovich, ya con manta doblada bajo la cabeza, dormía. Y en sueños murmuró: — Mi turno mañana.
El hangar parecía congreso de la ONU. Representantes de distintos países, acentos y diplomas abandonados. Matemáticos, militares, filólogos, cocineros, incluso un filósofo.
Llegó como todo lo auténtico — de repente. No del cielo ni del autobús. Simplemente entró. Como si siempre hubiera vivido allí, en el polvo y las uvas.
Llevaba suéter color “otoño en Riga”, pantalones “clase turista”, botas polvorientas que decían: “he pasado mucho, pero los cordones resisten”. A la espalda — mochila, como biblioteca en exilio.
— Buenas noches — dijo con acento báltico suave. — Soy Haraldis. De Liepnja. Dejó la mochila, se sentó junto al muro y añadió: — Filósofo. Recojo uvas temporalmente.
Petrovich arqueó la ceja y abrió un ojo. Yo olvidé adónde iba. Solo miraba. — La uva también es pensamiento — continuó Haraldis. — Solo que con las manos. Pensamiento con rama en mano.
Nos miramos y sonreímos. De pronto, todo fue más ligero. — ¿Y la espalda también la desarrolla? — preguntó alguien desde litera baja.
— Todo lo que duele acerca a la verdad — respondió sacando un tomo gastado. — Shestov lo dijo bien: “Trabajo es salvación solo cuando el hombre sabe para qué trabaja. Si no — es galera aceptada a cambio de olvido.” — Lev Shestov
— Aquí Shestov es la furgoneta — gruñó Petrovich. — Sexto día sacudiéndonos en ella. Haraldis sonrió. Lento. Hacía todo lento. Como probando que la prisa es solo forma de desesperanza.
Zhenya se sentó cerca, con cuenco de uvas y pan. Lo miraba como a ave rara que por casualidad entró al hangar. — ¿Y para qué le sirve todo esto? — preguntó, señalando la mochila. — Filosofía es bonita, pero… ¿qué tiene que ver con uva?
Haraldis contempló sus palmas como si allí estuviera el mapa de Europa, y entre líneas de la vida se escondiera el sentido.

— Verá, señorita, la filosofía es ciencia fuerte. Puede en tres frases desmenuzar toda una vida. Pero poco demandada en lo cotidiano. Y los filósofos… también quieren comer. Como todos — bajo el sol.
Sonrió. Como si tomara té con Diógenes y compartiera almohada con la pobreza. — ¿Entonces usted es filósofo de uva? — no se aguantó Zhenya. — ¿Y por qué no? — rió. —
La uva es pensamiento, solo que bajo sombra de vid. Fue verde, se hizo azul, luego vino, luego canción, luego olvido. Ciclo del ser. Hegel aprobaría.
Sacó de la mochila tetera vieja, echó agua, encendió hornillo. Preparó té de menta, hipérico y un poco de memoria. — Este es té del lado sur de la soledad — dijo.
Bebimos. Escuchamos. Sobre Shestov. Sobre Eclesiastés. Sobre el hombre que quiso ser puente entre cielo y tierra, y terminó filósofo en hangar. Hasta los tractores callaban. O escuchaban. Sus faros eran ojos. Quizás reflejaban más de lo que creemos.
— ¿Y después? — pregunté. — Después — recoger uva. Y recogerse a uno mismo. Por partes. En eso tú y yo — colegas.
Entonces entendí: en el hangar apareció alguien que sabía hablar del dolor sin queja. Y del sentido sin patetismo.
Capítulo 8. Estrellas
Era una tarde cálida, hermosísima… o quizá ya era noche. Esa hora en la que el silencio se vuelve denso, casi palpable, y el mundo abre un poco su forro, permitiendo asomarse a donde todo es verdadero.
El filósofo, como siempre, me había llenado los oídos de grandezas: pensamientos, sentidos, referencias, y referencias de referencias.
Hablaba tan seguro que parecía haber comido de la mano de Hegel y organizado peleas entre Kant y Nietzsche en el patio trasero de Sócrates. Dormir no era posible.
Salí al patio. Encendí un cigarrillo. Puse cara inteligente, concentrada, casi museística. La mirada — hacia arriba, a las estrellas. Como si esperara una respuesta. Como si alguien allí me guiñara con una linterna y dijera: «Sí, tienes razón, tío. Nada es por casualidad.»

Qué hermoso este mundo. Qué filigrana el cielo con sus mecánicos invisibles, qué ingeniosamente diseñada la Tierra con toda su flora, fauna y fauna humana.
De verdad, si no es un proyecto divino, al menos es una startup genial.
— Qué habría fumado Charles Darwin — murmuré — para llegar a la idea de que después de cierta explosión, en el frío absoluto, aparecieron bacterias, luego pececillos, monos y al final nosotros: orgullosos descendientes de algas azul-verdosas.
Dudoso. Las explosiones rara vez crean. Más bien destruyen. Sobre todo en el espacio abierto, donde el cero absoluto congela la lógica más rápido que el Wi-Fi en un sótano. Y aun así… algo de verdad había.
Al fin y al cabo, los monos también aprenden rápido a fumar y beber. Y algunos humanoides nunca llegaron a ser humanos — solo se quedaron cómodamente en su nivel, tramitaron residencia y viven felices, escupiendo sobre la evolución.
Detrás sonaron pasos. Zapatillas arrastrándose sobre la grava.
— ¿Por qué no duermes? — murmuró Petrovich, rascándose el pecho en la zona del alma. — Y esa cara… demasiado lista. ¿Mirabas las estrellas, verdad?
Asentí, sin girarme.
— Recuerda — continuó filosóficamente — que cara lista no es prueba de inteligencia. Las peores cagadas se cometen con esa cara. Sobre todo cuando uno cree que entiende de política o de mujeres.
— El filósofo me cargó — sonreí — y me lanzó al cosmos.
— ¡Ja! Ese no es filósofo, es contable. Solo que con vena poética. Mañana verás cómo carga cajas. Hablar de estrellas no es lo mismo que acarrear sacos.
— Hablaba de lo eterno — intenté defender.
— Sí. Y mañana hablará de la lumbalgia. Anda, vamos a dormir, hermano. Mañana es lunes y el de la gorra de mosquetero — ese jodido gascón — volverá a organizar esgrima con tijeras. Sin pausa para comer. Seguro que se venga de la Revolución francesa.
Y así nos fuimos al silencio de nuestro hotel multiestrado: un hangar con camas oxidadas, donde las estrellas brillaban solo en el techo agujereado y en los ojos de los chicos cansados que soñaban con llegar al amanecer.
En un semisueño apareció la casa. Los padres. La esposa. Mis hijas. Manitas pequeñas sobre mi mejilla sin afeitar. El olor del hogar — no a café ni a tarta de manzana, sino ese, único, imposible de reproducir en laboratorio.
Ese calor punzante de quienes creen que volverás. Que esperan no dinero, sino palabras. Que callan en el auricular solo por escuchar tu respiración.
«Cuando terminemos la vendimia…» — pensé. — «Iré a la ciudad grande. Llamaré. Lo contaremos todo.»
Eso fue en algún punto intermedio de la historia. Entre la extinción de mamuts y la invención del móvil. Cuando se hablaba solo por cable. Y por cartas.
En papel. Con sellos. Con una letra donde se escondía el alma.
Y allí, entre las estrellas, alguien sí guiñó una linterna. O al menos yo quise creerlo.
Por cierto, hice un descubrimiento inesperado: la uva fresca es un somnífero brutal. Tantas noches sin pegar ojo — ni con ronquido del vecino, ni con ladridos de perros, ni con crujido de pensamientos.
Pero comes un puñado de uvas y caes dormido hasta la mañana, como bajo ligera anestesia. Sin angustias, sin recuerdos, sin camas chirriantes. Solo sueño. Limpio, cálido, seguro.
Así pasaban los días y noches — primero pesados, luego más ligeros, luego casi habituales. Cada mañana en la puerta, como reloj, aparecía Vicente.
Su cara seria pero amable, como de hermano mayor que ya entendió todo, pero calla. No hablaba mucho. Su «¡Vamos!» servía de saludo universal.
Era como en la película «Kin-dza-dza»: allí tenían «Ku», nosotros — «Vamos». Y en esa palabra cabía todo: «buenos días, colegas», «¿cómo dormisteis?», «si ya desayunasteis, os llevo al campo».
Los campos se vaciaban. Quedaba menos uva, pero el bolsillo se llenaba de billetes pequeños. La vendimia llegaba a su fin. El dolor muscular se disipaba, y el cansancio se transformaba en confianza. Éramos una familia — multilingüe, multicolor, pero real.
Siempre iba en el mismo chándal. Más cómodo. Los pantalones de gala — los que esperaban su hora — estaban doblados en la bolsa.
Y llegó el día: trabajo terminado, pago recibido, ducha tomada. Hora de ser persona. Saqué los pantalones, los solté — y cayeron al suelo. Como si el viento los tumbara.
— Venga ya… — protesté. — Solo me faltaba esto. Se descosió el botón.
Me incliné para recogerlos y… estaban abrochados. Botón en su sitio. Todo en orden.
— ¿Quién gasta bromas? — pregunté mirando alrededor. — ¿De quién son estos pantalones? ¿Quién se ríe?
La respuesta fue una carcajada cálida, sincera. No en mi cara, sino conmigo. Reíamos todos. Hasta Vicente, al que creíamos incapaz de sonreír, floreció como vid tras la lluvia.
Resultó que los pantalones eran míos. Solo que yo era otro.
A los coachs y nutricionistas, nota: la uva adelgaza. Pero solo si es fresca, cortada con amor y con sol dentro. No la del supermercado con etiqueta.
El día de la partida nos abrazamos como familia. Aunque éramos de distintos países, religiones, lenguas.
Pero éramos juntos. Alguien iba a casa, otros seguían buscando. Me dieron otro número. Madrid otra vez.
Pero ya no al vacío, sino a una dirección, con dinero en el bolsillo y orgullo en el pecho.
Hasta la parada de bus nos llevó Vicente. Nos abrazamos al despedir. Unos fuerte, otros tímido. Pero todos de verdad.
Luego se giró, asintió, subió al coche y se fue. Nosotros quedamos bajo el letrero de «PARADA». Compré a Zhenya su billete, abracé a Petrovich, y nos intercambiamos teléfonos.
País hermoso. Con todos sus contrastes, temperamento oriental, corazón inquieto y presente eterno.
Aquí todo es verdadero: la gente con sangre caliente, las calles con alma, el cielo como cine sin doblaje.
Y solo aquí vi mi primer milagro.
Atardeceres naranjas. Amaneceres brumosos. Y el aliento de un nuevo día que te abraza antes incluso de despertarte.
Me quedé en el silencio del alba, y todo parecía irreal. Como si estuviera dentro de una postal enviada a mí mismo desde el futuro, donde todo ya encajó.
Donde hay casa, coche, café caliente y un «Buenos días» ligero de la vecina.
Claro, todo se ve más bonito desde tu propio coche. Sobre todo si el estómago no ruge como bestia. Pero entonces solo tenía mi mochila, mis manos y mis sueños.
Y los sueños… Me esperaban en algún futuro brillante, fantástico, que quizá marcaría mi número. O al menos me gritaría desde la otra acera: «¡Eh, tú! ¡No fue en vano, lo oyes?»
Con los años los números se borran, palidecen, dejan manchas azules en papel y en corazón.
Pero los recuerdos cálidos no se borran. Huelen a sudor, uva, polvo de campos, solidaridad y risa compartida.
Nada une más que el trabajo en común. Y un buen sueldo, claro.
Capítulo 9. El Cabrón
El autobús, balanceándose suavemente, avanzaba por una carretera lisa como mantel. Por la ventana desfilaban huertos, viñedos y campos iluminados por el sol. En el pecho me oprimía una sensación extraña: anticipación de algo nuevo y nostalgia de casa, tan silenciosa que raspaba más que cualquier tristeza.
Ante mis ojos interiores destellaban fragmentos de la vida pasada: el bosque tras la lluvia, la escuela con olor a tiza, el primer amor — tímido como amanecer.
Y cada vez más aparecía la misma visión: un pequeño pueblo en el confín de la tierra y una casa junto al bosque.
De niño me encantaba trepar al árbol más alto — por encima de todos los techos, por encima de los campanarios — y desde allí ver todo el bosque.
Se extendía como alfombra verde hasta perderse en la bruma del horizonte, como un cosmos sin fin.
Al otro lado, al pie de la colina, se alargaba la aldea: un río como cinta de plata, la tienda de madera del pueblo y campos de trigo que se escapaban hacia el infinito.
Allí era libre de obligaciones domésticas y de quienes podían arruinarme el día. Pero no siempre lograba esconderme de las abejas — zumbaban siempre alrededor de mí, cuando mi madre abría la colmena. Y, por supuesto, de mi principal enemigo infantil — el cabrón.
Con los cabrones, como suele decirse, no hice buenas migas. Quizá porque era el menor y más débil, o quizá simplemente porque él era un cabrón.
La historia empezó cuando el abuelo, agradecido por su ayuda, regaló a mis hermanos mayores un cabrito. Lo criaron con biberón, lo cuidaron con esmero y después… comenzaron a entrenarlo. A enseñarle órdenes. Incluso a leer y hablar.
Hablar sabía poco — sobre todo las letras “B” y “E”. Al parecer, eso fue lo único que se le quedó de la escuela de mis hermanos. En cambio, leer podía durante horas.

Mis hermanos, gente de imaginación, se empeñaron en educar al cabrón con la obra completa de Karl Marx. Tomas tan gruesos como ladrillos y más pesados que la paciencia. Para mí eran tortura, pero el cabrón parecía encontrar placer en ellos.
El secreto era sencillo: entre las páginas trazaban senderos de azúcar. Al cabrón le ponían las gafas del abuelo, lo sentaban a la mesa y empezaba su “estudio”. Pasaba páginas una tras otra, movía el hocico de un renglón a otro, lamía el azúcar y giraba a la siguiente.
De lejos aquello parecía una escena de teatro absurdo. Las ancianas que pasaban por primera vez se persignaban y murmuraban oraciones, huyendo apresuradas. Televisores había entonces solo tres en la aldea, en blanco y negro, pero aquí — un cabrón marxista vivo con gafas.
Leía, caminaba sobre las patas traseras, lanzaba con brío sus “Bi-E” y además era maestro en artes marciales… en materia de embestidas. Darle un cabezazo a alguien era su pasatiempo favorito. Yo, como el más pequeño, volaba más lejos que todos bajo las carcajadas de mis hermanos.
De sus ataques no sufría solo yo — también el gato Danilo figuraba en la lista de víctimas. Fue él quien una vez me salvó: me mostró que lo más seguro era moverse por la valla.
Aprendí, y ese se volvió mi modo personal de supervivencia.El cabrón no subía a la valla. Se enfurecía, pateaba con las pezuñas y quizá planeaba una revolución. Pero, como todo ideólogo, en la vida cotidiana seguía preso de su naturaleza.
Una tarde de verano, cuando el sol estaba en lo alto y del patio recalentado subía el dulzón olor de resina, mis hermanos mayores se inclinaban sobre un viejo radio receptor.
Giraban con esfuerzo la dura perilla de sintonización, arrancándole al obstinado chisporroteo migajas de música. A veces
lograban atrapar un par de notas conocidas, y entonces sus rostros se iluminaban, y nosotros, espectadores, conteníamos la respiración, como en una sesión en el cine rural.
El público era variopinto y ruidoso: yo — por derecho del hermano menor en primera fila, el gato Danilo — dignamente tumbado al lado, por supuesto el cabrón marxista — cómo sin él, y el perro Sharik cerca de su caseta, que intentaba aullar al compás, pero acertaba tan poco como la radio en la emisora. Por eso recibía reprimendas verbales de mi hermano del medio.
Parecía que estaba a punto de fluir la música, pero en el instante menos oportuno en el portón apareció mi madre. Colocó severamente ante mis hermanos dos cubos de zinc y ordenó: — ¡A traer agua!
Ellos se miraron con una expresión como si los mandaran no al pozo, sino a galeras. Luego giraron al unísono las cabezas hacia mí y
Danilo. — ¡A mí todavía no me toca! — reí. — Soy pequeño. Ni siquiera me dejan entrar al club de bailes, ¡así que cargad vosotros, bailarines, mientras el gato y yo crecemos!
Danilo, solidario, se lamió la pata como diciendo: “Yo, por cierto, tengo patitas”. — ¿Y cuándo crecerá por fin? — gruñó el hermano del medio.
Entonces estalló la idea. — ¿Para qué correr al pozo? — dijo alguien. — ¡Hagamos el nuestro, aquí mismo, en el patio! — ¡Siiií! — gritaron todos a coro, incluso el cabrón se puso en dos patas y pronunció su aprendido “Bi-E”.
Mi madre, sabiendo que a esos vagos había que repetirles dos veces, se fue y al rato volvió para insistir. Pero, al cruzar el umbral, se quedó boquiabierta. En la esquina del patio se alzaba una enorme montaña de tierra, y de la fosa asomaba la cabeza de mi hermano mayor. Alrededor, como brigada de ingenieros, estábamos nosotros, el equipo de soñadores, esperando el chorro de agua.
— ¡Mamá! — grité al verla. — ¡Cinco minutos más y tendremos nuestra propia agua!
Mi madre suspiró, se sentó en el banco, pero incluso ya calmada no dejó de regañar. Explicó vívidamente que nuestra brigada sabía de fontanería tanto como la cerda Klava de naranjas. Y mientras tanto, dijo, que el pozo espere: ¡cubos en mano y marcha a la fuente!
El proyecto fue congelado.
Por la tarde, al regresar del trabajo, mi padre escuchó el informe, resopló y de pronto dijo: — ¿Y por qué no? Hagamos nuestro pozo. Echaré anillos de cemento y cavamos.
— ¿Y por qué empezaron a cavar justo allí? — preguntó, mirando la fosa. Mi hermano mayor señaló hacia mí: — Él lanzó una moneda, cayó allí. Pues empezamos.
Mi padre sonrió como solo saben los padres que aman, cuando entienden que la tontería infantil en realidad es germen de un gran sueño. — Que así sea — dijo.

Para otoño doce anillos de hormigón desaparecieron bajo tierra, y el pozo cavado con nuestras manos cobró vida. Instalamos motor, sacamos un botón al portón. El agua era pura y helada, como de nevera. Los vecinos venían a beber, y mi madre contaba con gusto cómo todo comenzó: con la radio, el cabrón y una moneda.
…Cuánto tiempo había pasado. Qué lejos estaba todo. El enorme autobús me llevaba cada vez más lejos de esas imágenes. Ya no pasaban manzanos ni campos de trigo por la ventanilla, sino palmeras y ciudades de un país ajeno. Y solo dentro seguía sonando igual ese agua clara de nuestro pozo del patio.
Capítulo 10. Atocha
La ciudad se acercaba lenta y majestuosa, como un sueño en el que todo parece real. Crecía tras el horizonte hasta volverse enorme, como un sueño, y amenazante, como una sentencia.
Con cada kilómetro, el pasado se disolvía como la niebla matutina, y el camino conducía a otra dimensión. La ciudad miraba a los recién llegados con sus frías ventanas espejadas: directo, severo, casi indiferente.
No aceptaba ni rechazaba. Simplemente era: un ser vivo de vidrio, hormigón y el aliento de miles de corazones. La tarea era solo una: no disolverse en él, no convertirse en una mota invisible en su respiración infinita.
El autobús, como una bestia cansada, estornudó humo y abrió la puerta con desgana. En la cara golpeó el olor de asfalto caliente y de libertad: áspera, abrasadora, casi cruel.

La estación de Atocha. Respiraba, zumbaba, vibraba con voces. Era un portal donde los destinos humanos cambiaban: un paso — y la vida iba por otro camino. Alguien encontraba aquí un nuevo trabajo, un nuevo amor, un nuevo “yo”.
Alguien lo perdía todo y volvía al silencio de la provincia, como un duelista derrotado. Bajo el gran reloj se daban cita los enamorados. A la sombra del jardín de palmeras esperaban sus trenes viajeros cansados.
La multitud vivía en el momento — y en ese momento nadie notaba a las mujeres junto al pequeño lago. Se sentaban en silencio, como sombras, y leían libros.
A primera vista, era una escena pastoral: jóvenes damas en la verdura del parque, libros en las rodillas, ligera armonía cotidiana. Pero los títulos en las portadas revelaban otra verdad: “Manual de conversación en español”. Y las manchas oscuras en las páginas — lágrimas que nadie secaba. Eran un coro del destino que susurraba en silencio sobre dolor y esperanza.
Cada una había venido aquí no por sí misma, sino por los hijos, por el futuro, por un pedazo de mañana.
Una soñaba con ahorrar para una vivienda, otra — para pagar los estudios, la tercera — para un coche con el que volver a casa no con las manos vacías.
Pero todas compartían el mismo muro — invisible, pesado, ajeno. La barrera del idioma se alzaba frente a ellas como un templo de piedra donde nadie entendía sus plegarias.
En casa las esperaban hijos y cartas con recordatorios de deudas. En casa las esperaban las palabras de los vecinos, venenosas: “Se fue a vagar al extranjero, dejó a la familia”.
Y aquí, en Atocha, junto a palmeras y tortugas, nadie las escuchaba. Nadie, excepto las tortugas. Guardianes antiguos del estanque artificial, observaban inmóviles a las mujeres con sus ojos oscuros. En su mirada había lo que les faltaba a los humanos: chispa de compasión silenciosa. Durante trescientos años habían visto de todo. Si pudieran hablar, contarían historias que harían estremecer incluso a la ciudad misma.
Dos caballeros mayores de nacionalidad incierta solían aparecer en el parque de la estación.
Su llegada siempre provocaba sonrisas — como si cómicos famosos ofrecieran una función gratuita entre palmeras y tortugas. Ingeniosos, pícaros como zorros callejeros, alquilaban
esmoquin en la funeraria por una tarifa simbólica. Los trajes les quedaban torcidos: mangas demasiado largas, zapatos que claramente no eran suyos.
Pero precisamente esa torpeza daba encanto a su actuación: parodia de lujo, juego de ricos señores que interpretaban con la seriedad de actores de la corte.
En sus papeles imaginarios eran oligarcas que habían decidido llegar personalmente a la estación para reclutar personal para proyectos misteriosos y, claro, “altamente remunerados”.
Su saber era poco: unas cuantas frases en ruso aprendidas de memoria, pronunciadas con patetismo, como conjuros. — Liástochka, tú menia liubit! — gritaba uno patéticamente. — ¡Yo comprarte vila! ¿Cómo tú menia no liubit — yo terminar en mí mismo o hacerme en las manos! ¡Yo tan fuerte liubit tú!
La multitud, acostumbrada a la rutina de la estación, se detenía y miraba. Era un espectáculo barato, pero con más verdad que la televisión.
El final solía ser el mismo. De la multitud, con ironía y cierta cansada sabiduría, surgía una voz: — Vete al carajo, artista. Villas ya tengo. Y hasta rastrillo. Y pala.
Y el parque — las palmeras y las tortugas — estallaba en carcajadas. Los dos viejos bromistas, inclinándose, volvían a disolverse entre la multitud, para regresar algún día a repetir su tragicomedia de amor y riqueza.
— ¿Buscas trabajo, paisano? — se oyó entre la multitud. La voz fue como miel para mis oídos. — Sí, claro — respondí, y por dentro todo hervía de esperanza, presentimiento de nueva vida y ansiada carrera.
— Me llamo Fedya. Hermano, llegaste tarde. Hace poco vino un hombre buscando trabajadores para la construcción. ¿Qué sabes hacer? — En realidad, todo — sonreí. — Más fácil preguntar qué no sé hacer.
Fedya asintió con importancia. — Él buscaba soldadores… Pero yo aquí conozco a todos. Solo hay que venir más temprano. Te arreglaré.
Su aspecto — ropa arrugada, ojos cansados, uñas negras — no confirmaba en absoluto su estatus de “hombre con acceso a todos los trabajos”. Pero la experiencia me decía: las apariencias engañan.
— Mañana ven, encontraremos trabajo para ti. ¿Tienes algo de cambio? Me duele la cabeza. Vamos, aquí venden buen vino. Hoy no habrá trabajo de todos modos — vienen por la mañana, buscan especialistas. Vamos a beber vino, relájate.

Caminamos unos metros. Había un supermercado. El vino en cartones se apilaba en los estantes como ladrillos: más barato que la leche y apenas más caro que el agua. — Toma dos, para no tener que volver — aconsejó Fedya. Salimos y nos sentamos en un banco. — Mira y aprende — dijo solemnemente. — No saques el vino del cartón, los maderos son duros, no dejan beber en lugares públicos. Pero si está en el cartón, se puede.
Observaba con interés al experimentado “casi nativo” de Madrid. Sus uñas negras y descuidadas se incrustaron en el cartón, y el paquete se abrió con un crujido, como si fuera una lata de un litro.
Dentro, brillando con reflejos del sol, se agitaba transparente como lágrima un vino blanco — me recordaba a nuestro Aligoté. — Anda, bebe la mitad de un trago — me lo tendió generoso.
La sed me atormentaba, y con gusto bebí medio cartón, sintiendo cómo el líquido fresco y ácido refrescaba agradablemente la garganta. — ¡Ooooh, veo que eres de los nuestros! Trabajaremos bien juntos — aprobó Fedya.
Luego comenzaron sus historias — sobre la injusta vida, sobre su experiencia laboral, sobre el incompetente gobierno y los policías malos.
Con el segundo cartón recordó a su mujer enfadada y unos asuntos urgentes. — Perdona, paisano, no te invito a casa — tengo obras. Pero mañana ven a la estación — serás soldador.
Y se disolvió en la multitud, dejando tras de sí el olor a vino barato y la promesa de un mañana que sonaba demasiado fácil para ser verdad.
Las palmeras verdes permanecían inmóviles, como guardianes de tierra ajena. Sus copas, extendidas hacia el cielo, susurraban: “Ahora estás bajo nuestro poder, viajero, y no hay salida”.
El cielo azul parecía bondadoso e infinito, pero en su profundidad se escondía una trampa: cúpula transparente bajo la que era fácil perderse, olvidar quién eras y a qué habías venido.
Los transeúntes pasaban, como conocidos de un sueño pasado, y la ciudad sonreía con la misma sonrisa de un estafador: atractiva, pero con frío en los ojos.
Solo las moscas molestas no soportaban el veneno del vino barato y caían muertas sobre la piedra caliente. Yo entendía: mi euforia ligera era igual de frágil, pronto desaparecería, dejando en lugar de la niebla dulce solo dolor en las sienes y amargura en la boca.
Había que buscar vivienda. Había que buscar trabajo. Mientras quedaran fuerzas. Antes de que el cielo engañoso se cerrara sobre mí definitivamente.
Capítulo 11. El Caníbal
Volví a salir a la plaza de Atocha — como si desde aquel momento no hubiera cambiado nada. Las mismas palmeras, erguidas como guardianes, custodiaban la entrada a la ciudad, en la que nadie me había invitado.
Los mismos taxis con rostros de conductores, idénticos como calcos. El mismo bullicio en torno a la estación, donde cada uno corría a su vida, y yo — a la incertidumbre.
Solo por dentro todo zumbaba distinto: la cabeza pesada, el corazón golpeando, y en el bolsillo los últimos billetes, que se derretían más rápido que agua al sol.
— ¿Habitación? — pregunté al primer vendedor callejero, que ofrecía paraguas baratos y toros de plástico con ojos de bombilla.
Ni siquiera me miró, encogiéndose de hombros como si lo hubiera oído mil veces: — Busca en Lavapiés. Allí siempre hay algo barato…
La palabra Lavapiés colgó en el aire como olor a comida barata. Sonaba ambiguo: tanto como promesa, como amenaza. Barrio de emigrantes, cuartos miserables, cocinas compartidas, donde las ollas hervían junto a los destinos ajenos.
El aroma de especias se mezclaba con la alcantarilla, y los gritos de los niños competían con el chillido de televisores.
Seguí adelante, preguntando al barrendero, a una camarera, a un estudiante con mochila. Las respuestas eran distintas, pero todas apuntaban en una sola dirección: hacia donde la ciudad se volvía más estrecha, más ruidosa y más áspera.
En el camino, me llamó la atención un hombre con una caja de vino barato. Estaba sentado directamente en la acera, abrazando el cartón como si fuera su último ancla.
Sus uñas negras, mirada turbia, y de los párpados le escurría desesperanza. Cuando desgarró el cartón, el vino jugó con reflejos transparentes bajo el sol — me recordó a nuestro Aligoté.
Me detuve. Por un instante me pareció que ese hombre era un reflejo de mí mismo, solo un paso más allá en la bajada. Y ese pensamiento me heló, como si mi propio fantasma caminara a mi lado, mostrándome el futuro si me equivocaba.
Ajusté la correa del bolso y avancé. Había que encontrar un cuarto. Un rincón donde capear la tormenta — al menos una noche, al menos una semana.
— ¿Habitación? — pregunté a un chico que limpiaba el parabrisas de un Opel aparcado. — ¿Para ti? — entornó los ojos, me escaneó de pies a cabeza y se rió. — Si no temes cucarachas del tamaño de una zapatilla — en Lavapiés. — A las cucarachas no les tengo miedo, — gruñí. —
Crecí en el bosque.
El chico se echó a reír, agitó la mano hacia las calles del sur y volvió al trapo, como si ya supiera de sobra sobre gente como yo.
Seguí. En la acera, un barbudo rompía a mordiscos una caja de vino, como queriendo demostrar que el plástico no vencería al hombre. El vino se derramó sobre el asfalto y los transeúntes se apartaron como si fuera sangre.
— Buena llegada, — comentó un anciano español con gorra, masticando un palillo y mirándome con sorna. — Bienvenido a Madrid. Aquí, si no bebes, es que eres santo o estás muerto. — ¿Y si no soy ni lo uno ni lo otro? — pregunté. — Entonces buscas cuarto, — guiñó, como si supiera de mí más que yo mismo.
Caminaba sintiendo miradas clavarse en mí. Nadie escuchaba hasta el final, pero todos soltaban un comentario: consejo, burla, advertencia. Parecía que la ciudad me hablaba a través de ellos, como si hubiera caído en un juego donde solo el anfitrión conocía las reglas.
En una esquina me frenó un hombre encorvado, con cigarro barato y olor metálico. — ¿Habitación quieres? — susurró, como si ofreciera cocaína. — Sí. Pero sin cucarachas. — Con cucarachas es más barato, — sonrió. — No te preocupes, aquí son como vecinos: corren de noche, pero no pagan alquiler.
Suspiré. Parecía que la ciudad misma me ponía a prueba, y que los cuartos de Lavapiés no eran viviendas, sino la primera puerta de un laberinto donde tendría que reencontrarme. La intriga apenas empezaba.

Un piso de tres habitaciones me recibió con el olor persistente a tabaco y a sopa de kharcho. Era difícil saber de dónde venía: de la cocina o de las paredes mismas, que absorbían olores, maldiciones, esperanzas y hasta sueños ajenos.
La casa parecía del tiempo de Don Quijote, y en honor a él, nunca había visto reformas. Paredes apagadas, enchufes torcidos, ventanas de madera vencidas — respiraban siglo pasado y miedo al futuro.
En la sala, reconvertida en dormitorio, había tres catres y un colchón en el suelo. En otra, cuatro camas de hierro, dos tambaleantes como violinistas aprendiendo escalas. En la tercera vivían otros cuatro.
Llamar a eso “vida” era un chiste: más bien cárcel sin barrotes ni guardias, pero también sin macarrones gratis para comer, como diría Vasili Alibabaevich.
— ¿Necesitas cama? — preguntó ronco el dueño, atravesando humo de cigarro. Cincuentón, bigote de “me olvidé de afeitarme”, camiseta que había visto demasiadas vidas. — Sí, —
respondí, mirando alrededor. — Pero esto parece más un hormiguero que un piso. El dueño se sonrió, como si fuera elogio: — Aquí todos somos de los nuestros. Nadie se queja. — ¿Y si se quejan? — Entonces se van. Rápido. — Lo dijo con tono que hacía pensar que a algunos ya se los habían tragado las paredes.
Tuviste suerte. Un tío se fue de viaje casi un mes, tendrás cama propia. Luego se verá.
De lo profundo salió un chico en chándal, descalzo: — Jefe, se acabó el papel. — ¿Para cartas o para otra cosa? — preguntó el dueño sin girar la cabeza. — Para otra cosa, — resopló el chico y desapareció.
El piso vivía su vida como barco fantasma: crujía, olía, se quejaba, pero no se hundía. Y en ese infierno, lleno de cebolla frita, humo y chirridos, había que empezar nueva carrera.
— Oooh, un novato, — dijo un inquilino, sonrisa de lobo. Tatuajes en el torso, cigarro en la boca, dos colmillos como recuerdo. — ¿Dónde lo metemos? — preguntó al dueño. — Con el Caníbal, — masculló este, y se me secó la garganta.
Me llevaron a un cuarto-guardarropa: dos camas de hierro, dos armarios y un pasillo estrecho. Sin ventanas. Una puerta que parecía solo dejar entrar. En la cama, un asiático enorme se balanceaba, mirando un punto fijo. El dueño encendió la luz. — Este es tu sitio. Mantén limpio, ordenado. Y sobre todo, no se peleen, — sonrió y se fue.
Me senté. La mirada del vecino cobró vida. Extendió la mano: — Mongol. — Nikolái, — respondí. — Encantado. — El placer es mío,— sonrió. — Relájate, no como a nadie. Todo mentira.

Solo arranqué una oreja a un cabrón en Shanghái. Me llamó “extranjero”. Así me quedé con “Caníbal”.
Lo decía tranquilo, como hablando de la cena. — Escucha, Kolia, vete de aquí. Te perderás. Búscate otro piso. Te lo digo sin maldad: tienes los ojos buenos y se te lee en la frente “diez clases”.
— ¿Y qué pasa por la noche? — pregunté. — Vendrá Bajabaja. Beberán en la cocina. Te invitarán. Respeta: bebe, fuma, pero no prometas nada.

No des el pasaporte. Di que está en consigna. No aceptes trabajo, di que ya trabajas. Y mañana, busca piso.
Nos tumbamos, mirando al techo. — ¿Por qué “Mongol”? ¿No tienes nombre? — Tal vez, — dijo tras pausa. — Pero, ¿a quién le importa?
— ¿Y quién es Bajabaja? El Mongol rió: — Trabajaba en el zoo de mozo. Casi lo devoran las hienas. Subió a una palmera y no pudo bajar. Medio día gritando: “¡Baja, baja!”. Así se quedó. Su nombre real es raro, Nikónor o Nicodim. Pero “Bajabaja” es más fácil.
Me imaginé a un tipo enorme gritando en la palmera, y por primera vez ese día quise reír. Pero en la oscuridad del guardarropa, la risa se atascó.
Mañana Fedya me hará soldador. Imaginaba un futuro brillante, correr por las mañanas, café en taza blanca, ducha caliente. Por un instante creí en esa película sobre un yo nuevo. Pero el olor a calcetines ajenos y tabaco me devolvió al presente.
El Mongol se balanceaba como hipnotizando la sombra. Detrás de la pared alguien reía con voz ronca sobre un chiste de policía y prostituta. Una cacerola sonaba: quizá Bajabaja ya calentaba motores.
“Noche, Kolia. Solo una noche. Mañana — otro hombre”, me repetía, mientras los ojos se acostumbraban a la oscuridad y me parecía que alguien me miraba desde el armario. Y en esa compañía — el Mongol Caníbal y el fantasma del armario — de pronto me sentía extrañamente seguro. Como en casa. Tal vez por compasión, tal vez por cansancio.
Capítulo 12. LOS NIÑOS DE LA CALLE
Me desperté con un ruido extraño detrás de la puerta. El Mongol ya no estaba —como siempre, se había marchado a sus asuntos mongoles, de los que nadie sabía nada.
A veces parecía que vivía una vida paralela, donde todos caminaban por la estepa y cuidaban caballos, y aquí solo venía a dormir.
El vestidor donde pasaba la noche parecía un submarino: sin ventanas, con un aire pesado y espeso, como si no se hubiera renovado desde la época de los dinosaurios.
Los olores de los armarios comunes se mezclaban en un cóctel capaz de matar el olfato de un zapador experimentado.
Me levanté y fui hacia el baño. Como era de esperar, la puerta estaba cerrada.
Alguien se movía ruidosamente dentro y estaba claro: había que esperar.
Intenté al menos beber un poco de agua en la cocina, pero tampoco fue tan fácil.
Allí estaba de guardia Bajabaja. Parecía como si hubiera pasado toda la noche preparándose para un juicio y justo ahora comenzara el interrogatorio con presión.
—¿Quién volvió a comer de noche? —rugió—. ¿Quién dejó esta montaña de platos sucios? ¿Hasta cuándo va a seguir esto?
Yo, sincero:
—Desde ayer por la mañana no he tenido ni una semilla de amapola en la boca.
Dormimos con el Caníbal tan profundamente que aunque hubiese pasado al lado un desfile de cocina eslava con acordeones y borscht, no lo habríamos notado.
Bajabaja entrecerró los ojos, miró el fregadero, luego a mí, y otra vez al fregadero.
Parecía calcular cómo había logrado yo comerme una olla de sopa mientras dormía.
Desde atrás se oyó el siseo somnoliento del Ronco:
—Hay que dispersar este antro —dijo entre su tos crónica—. Con estos recién llegados, pronto nos mandarán a todos a la cárcel.
—¿Y tú vas a pagar el piso solo? —respondió Bajabaja, entre el humo del cigarro—. Solo la luz me cuesta la nómina, ya ni hablo del agua.
Beben como caballos después de la avena. ¡No alcanza ni para ducharse!
—Bueno, yo tengo que ir al trabajo —dije, intentando salir.
Pero Bajabaja disparó una pregunta: —¿No te habrás metido de soldador?
—Sí, soldador —asentí sorprendido.
—¿Y tu capataz no se llama Fede?
—Fede —dije, aún más asombrado.
La cocina estalló en carcajadas. Incluso los que seguían durmiendo rieron entre sueños.
—No te apures, hermano —susurró solemne el Ronco—. Tu “jefe” está durmiendo en el piso de arriba. Ayer la Maña le dio con algo pesado, anda medio atontado. Seguro ya ni se acuerda de ti. No es soldador, es cuentista.
Busca novatos para beber. Así nos “contrató” a nosotros hace cinco años.
—Una bolsa de vino, eso es lo que necesita ese avatar castigado por España —añadió.—Siéntate, charlemos, tomemos un té. ¿Tiras al jes? —me miró con sospecha el Ronco.
En mi cabeza repasaba opciones: qué demonios era ese jes. Pero él lanzó otra:
—¿Y tarjeta tienes?
—He tomado aguardiente, cerveza y vino en fiestas, pero jes nunca —dije, cada vez más confundido.
La casa entera estalló en risas.
—Entonces ni papeles, ni experiencia, y ya te levantaste dispuesto a trabajar… —se burlaban.
—Aquí llevamos años y no encontramos empleo ni con documentos, ¿y tú, así de golpe? Te engañaron, hermano. Aquí sobran desempleados.
—No lo asustes —gruñó Bajabaja, mostrando los dientes como un lobo—. Anda, vete a donde quieras.
Bienvenido a España, buen hombre. Todos los caminos llevan a Atocha. Si ves a Fede, no le compres vino. Tráelo aquí.
Ya veremos qué hacer contigo. No te vas a quedar sin nada, pareces serio.
Al salir al patio respiré hondo y entendí que la vida seguía siendo hermosa, pese a las sorpresas y dificultades.
Nunca había visto un cielo tan azul: abundante, cayendo desde lo alto, filtrándose entre las palmas y los edificios.
Parecía que había cielo para todos, y hasta sobraba.
El sol colgaba justo encima, calentando como una lámpara de mil vatios en un incubador.
Una brisa seca y tibia acariciaba la cara, y desde el café cercano llegaba el olor a café y pan fresco.
“Esa es la idea —pensé—, comprar al menos pan”.
Recordé los ladrillos cuadrados de pan en casa, aún calientes, con corteza crujiente.
¿Quién podía no amar la corteza dorada del pan recién salido? De niño siempre llevaba a casa cinco panes y medio de seis:
aquella mitad desaparecía en el camino. Para mí el pan sustituía al McDonald’s y al Burger King juntos.
En el bar había ruido. La gente bebía café, otros cerveza, fumaban, hablaban tan alto que parecía a punto de estallar una pelea.
Pero era solo la apariencia. Era el temperamento español: hablan fuerte, con las manos, como si hicieran fitness.
—Quiero comprar pan —dije inseguro en mi idioma.
El bar calló un instante. El nuevo sonido intrigó, como si un extraterrestre hubiese llegado a saludar.
Todos esperaban más del dialecto galáctico.
Al darme cuenta de la tontería, añadí rápido en español: —Pan… comida.
El camarero asintió y se fue a la cocina.
“¿Ves? —me animé—, ya me entienden. No es tan difícil el español”.
Regresó con una bolsa llena de barras de pan y me la tendió con una sonrisa.
—No, no —gesticulé—, uno solo, un pan, solo uno.
Pero el camarero asentía, repitiendo sí, sí, como si todo estuviera bien.
Tomé la bolsa y le tendí dinero, pero él no lo aceptó. Solo sonrió.
Más tarde supe: el pan se compra en supermercados o panaderías.
En los bares lo regalan. Son restos del desayuno. Al día siguiente ya no sirven, y en vez de tirarlos, los dan a quien los pida.
Pan y agua, gratis.
Con ese trato, podía pasar el invierno.
Al menos, la muerte de hambre aquí no me amenazaba.
Sentado en un banco del parque, devoraba el pan importado con tanto apetito que las palomas bajaron de todas partes y, al parecer, tragaban saliva.
Capítulo 13. LA LADRONZUELA
Tuve que compartir también con ellos. El pan blanco les gustó tanto como a mí.Incluso un gato pelirrojo que pasaba por allí no desaprovechó la ocasión y se unió a nuestro banquete.
Se sentó justo en medio de la bandada de palomas con tanta seguridad como si él mismo acabara de salir del cascarón junto a ellas.
Y las palomas lo aceptaron, recogiendo migas a su alrededor sin mostrar el menor miedo.
«Así es Europa —pensé—. Aquí los gatos son amigos de las palomas. Y las cebras, seguramente, juegan al ajedrez con los cocodrilos», sonreí, rompiendo un trozo de pan y ofreciéndoselo al gato.
Pero el pelirrojo resultó ser un gourmet: olfateó perezosamente la corteza, me miró con descaro y maulló algo en español, claramente del estilo: «¿Y la carne dónde está?»
«Mira tú, hasta toma pedidos —me reí—. Vete al bar, allí dan carne».
Parecía haber entendido el consejo: se levantó y siguió su camino, quizá en busca de carne o simplemente a calentarse al sol.
Yo, tras beber agua del grifo para acompañar el pan, caminé en dirección a Atocha. No porque tuviera un plan, sino porque no había otro lugar adonde ir.
Llegué a la estación, o más bien a su parque tropical, justo en medio de otro espectáculo.
Allí casi todos los días había algo que ver.
Esta vez estaban “desenvolviendo” a una extranjera, literalmente.
La ingeniosa dama había decidido que sería absurdo ignorar la abundancia de toallas de papel en los baños públicos.
Levantándose la blusa, se enrolló el rollo entero alrededor de la cintura, y varias botellas vacías de “Fanta” las llenó con jabón líquido.
El personal de limpieza llevaba tiempo quejándose: bastaba reponer los suministros de papel y jabón, y en una hora desaparecían.
La seguridad preparó una emboscada.

El resultado fue cómico: al baño entró una joven esbelta, y salió como si estuviera en el décimo mes de embarazo.
La “desenvolvían” frente a las cámaras y entre los aplausos del público divertido.
Las mejillas rosadas de la dama mostraban que ni ella misma creía lo que pasaba, como si la seguridad le hubiera plantado todo aquello.
Lo cierto es que recuerdos de Madrid no le faltarían: cada vez que entrara en un baño, fuera en Zhmerynka o en Magadán, lo recordaría de por vida.
El papel y el jabón, por supuesto, se los quedaron los “bárbaros”, pero a la chica la dejaron libre, apuntando sus datos del pasaporte.
El parque siguió zumbando un buen rato con los comentarios.
Pasé junto a las tortugas como si fueran viejas conocidas. Me miraban fijamente, como si me hubieran recordado.Sus ojitos negros brillaban al sol como pequeños carbones, y parecía que me seguían con una mirada de compasión.
En la multitud vi a Fede. Aspecto poco fresco, pero la cara sin moratones.
Se notaba que la tía Maña golpeaba con maestría: sin dejar marcas.
—Buenos días —dije inseguro.
Aunque mis planes ya habían sido destruidos esa mañana por el Ronco y el Baja, decidí seguirles el juego y preguntar de todos modos.
Porque si sabes que te engañan, ya no es engaño, es entretenimiento.
—¡Oh, hola, paisano! —se animó Fede—. ¿Estás buscando trabajo, no?
Ya casi una pregunta tradicional.
—Sí, busco trabajo de soldador. Quisiera entrar en la construcción.
Fede miró alrededor y soltó el viejo disco:
—Había un tipo buscando soldadores. Espera un poco, si aparece, te aviso.
Solo no te alejes demasiado.
Era gracioso y amargo a la vez.
Me senté bajo las palmeras a esperar algo, sin saber qué exactamente.
El teléfono “para empleo” contestó enseguida, pero la voz al otro lado dijo lo habitual: no hay vacantes por ahora.
—Pero lo necesito con urgencia —intenté explicar.
—Todos lo necesitan con urgencia —contestaron—. Aquí hay gente que lleva un año buscando trabajo, incluso con papeles. Y tú tan listo, ¿quieres todo de inmediato?
Caminaba por el parque de la estación sin rumbo, y era el único rumbo correcto.El sol me golpeaba los ojos como poniéndome a prueba.
El pan de ayer en la mochila crujía con su corteza a cada paso, como recordándome: «Este es todo tu capital, hermano».

En un banco se sentaban dos jubilados discutiendo con pasión. Uno agitaba las manos tanto que pensé que iba a volar, el otro
asentía repitiendo «¡Sí, hombre!».
No entendía ni una palabra, pero parecía que decidían el destino de Europa.
Quise pasar de largo, pero el anciano con boina de repente me señaló con el dedo y gritó algo sobre “trabajo”.
Me detuve, sonreí torpemente y solté lo primero que me vino a la cabeza:
—Sí… pan… comida.
Los dos jubilados se miraron y luego rieron tanto que las palomas del parterre cercano salieron volando asustadas.
Evidentemente, otra vez le había dado un golpe en la cara al idioma.
Cerca estaba un camión de basura.
El conductor sacó la cabeza por la ventanilla y me preguntó si buscaba trabajo.
Me animé y me acerqué.
Él explicó largo rato en un español rapidísimo, y yo asentía como si entendiera todo.
Al final acepté algo, sin saber ni qué era.
El conductor, satisfecho, dio una palmada a la puerta y se marchó, dejándome en la más completa incertidumbre: o mañana debía salir de cargador, o simplemente me había deseado un buen día.
Capítulo 14. MEMORIA DE SUIZA
Me quedé solo, y solo las tortugas del parque me miraban con aquella expresión: «¿Qué pasa, héroe, otra vez te engañaron?»
Ya iba a echar una siesta bajo la palmera cuando, de repente, se materializó delante de mí el Mongol.
Tenía los ojos redondos, como si hubiera visto un dragón en las vías de la estación.
—Quemaron la casa —exhaló—. No vayas allí.
La poli se llevó a todos. Que si un robo, que si una pelea… en fin, se acabó el techo, no tenemos dónde vivir.
Decir que me sorprendí era poco. En unos días ya me había acostumbrado a las batallas de cocina con el Baja y a las toses filosóficas del Ronco.
Y ahora resultaba que todo nuestro paraíso comunal había volado por los aires.
Por la tarde fueron llegando los demás. Primero el Ronco con una bolsita de pipas, después el Baja con su eterno «bueno, chicos, ¿y ahora dónde vamos a beber?».El Caníbal llegó el último, con una barra de pan a medio comer, claramente arrebatada a las palomas.
—Bueno —dijo el Baja, mirando alrededor—. Si ya no hay techo, hagamos campamento aquí. El parque es grande, las palmeras parecen columnas, casi un resort romántico.
El Ronco se atragantó de risa, escupiendo cáscaras:
—¿Y de dónde sacaremos tiendas? ¿O vamos a turnarnos para meternos en una bolsa de vino?
El Mongol callaba, se sentó en la hierba y se tapó la cara con las manos.
Yo los miraba a todos y entendía: sí, esto es Europa. Unos construyen catedrales y palacios, y nosotros aquí,
planeando una comuna bajo las palmeras.
Y lo más curioso: peor no iba a ser. Dormir hay que dormir de todos modos.
—Hay que estar más lejos de las miradas —dijo el Mongol, vigilando alrededor—. Más lejos de la gente y más cerca de la naturaleza. Allí habrá menos preguntas.
—Pues quédate en tu naturaleza, en las estepas —le soltó el Ronco con sorna, atragantado de cáscaras—. ¿A qué demonios viniste a Madrid?
—No vine —corrigió el Mongol—. Me deportaron. Voluntariamente.
—Ajá —se rió el Baja—. ¿Y qué, en Mongolia los petroleros encontraron un portal a Europa? ¿Taladraban y taladraban y en vez de petróleo salió Madrid?
El Mongol no sonrió.
Se sentó en el suelo, abrazó las rodillas y empezó serio: —No. Primero fui a Suiza. Allí todo bien. Mucha comida, montañas bonitas. Pero la poli mala.
—¿La poli mala? —repitió el Caníbal, masticando el baguette.
—Sí —asintió el Mongol—. Yo no malo. Pero poli malo. Yo no tengo papeles. Ellos dicen: “a la cárcel”. Yo fui. Y allí muy bien. Mucha comida, camas blandas, televisor a color. Fútbol en el patio. Todo gratis.
—Un sanatorio —bufó el Ronco—. Tenías que haberte quedado.
—Quise. Pero luego daban cigarrillos, y yo tosía. Preguntaron: ¿por qué tosías? Yo dije: “Marlboro fumo”. Al día siguiente me trajeron Marlboro. Gratis. Muy buena gente.
—Claro, cariñosos —se rió el Baja—. Como una madre.
—Luego vino uno con una carpeta. En ruso me dijo: “Hora de volver a casa”. Yo dije: “Bien, pero ¿dónde está mi casa?”. Sacaron un mapa grande, a color.
Yo miré: ¡España! Mucho mar, sol, todo bonito alrededor. Señalé con el dedo: aquí está mi casa. Ellos compraron billete,
me dieron de comer y me mandaron aquí. Muy buena gente.
Tras estas palabras el Mongol guardó silencio con orgullo, como poniendo punto final.
El parque se quedó en pausa. Hasta las palomas dejaron de picotear y lo miraron.
El primero en romper fue el Ronco:
—Espera… ¿O sea que te echaron de Suiza a España porque señalaste con el dedo en un mapa?—Sí —confirmó el Mongol—. Yo pensaba que era broma. Pero ellos en serio.
El Baja estalló en carcajadas, agarrándose el estómago:
—¡Eso es democracia! En nuestro país señalas en un mapa y como mucho te mandan a Syzran.
Y aquí, mira, Europa.
—¿Y si hubieras señalado Australia? —pregunté con cuidado.—Quise —confesó el Mongol—, pero la mano tembló.
Toda la compañía cayó en la hierba de la risa. Hasta el Caníbal se atragantó con el baguette.
El Mongol permanecía sentado como un Buda, mirando a lo lejos.
—Pero igual bien —dijo—. En Suiza, cárcel. En España, libertad. Aquí calor. Gallinas en el parque, tortugas miran con buenos ojos.
Y en las estepas frío y viento.
El Ronco tosió tanto que las cáscaras le saltaron del bolsillo al suelo.
—Bueno, filósofo —gruñó—. ¿Pero dónde vamos a vivir? ¿En el parque?
—En el parque —asintió serio el Mongol—. Aquí también bien.
Bancos blandos, basureros cerca, wifi gratis. Muy buena gente.
Capítulo 15. CAMPING
Lejos de la estación, en lo más espeso, encontramos un rincón que bien podía servir de base.
Un muro de hormigón se extendía largo, pero tenía un boquete —justo al lado de una obra abandonada.
Por él pasaba incluso el Caníbal, y el Ronco se colaba como cucaracha.
Dentro nos esperaba un verdadero paraíso para boy-scouts sin techo: losas de hormigón cubiertas de hierba, un par de bidones oxidados y un montón de palés.
El Mongol miró alrededor, silbó y dijo con cara satisfecha: —Esto mejor que Suiza.
Bajabaja asumió al instante el papel de jefe del campamento. —Bueno, chicos, repartimos tareas. Yo soy el comandante de
suministros. El Ronco se encarga de la seguridad. El Caníbal, de la comida.
El paisano (y me miró a mí) —de la programación cultural.
—¿Qué programa ni qué programa? —me sorprendí.
—Tú sabes leer, has leído libros, puedes contar historias. Sin eso el campamento no es campamento, es simple borrachera — explicó con autoridad.
Mientras tanto el Mongol ya había traído de los arbustos un trozo de uralita y lo colocó sobre dos ladrillos:
—Mesa. Muy haroshaya.
—Pues ya está —rió el Ronco—, podemos inaugurar el resort “Park-Resort Deportación”.
De noche encendimos una hoguera con los restos de los palés. Las llamas iluminaban los muros de hormigón y parecía que
no estábamos en una obra abandonada, sino en el rodaje de una película sobre la revolución.
El Caníbal sacó de la mochila una botella de vino barato y nos dio un trago a cada uno, directamente del cuello.
El Mongol mordió pan, sonrió a la oscuridad y soltó con filosofía:
—Vivir es bueno.
Y vivir bien —todavía mejor.
Rompimos en carcajadas tan fuertes que medio parque debió de oírnos.
Pero esa noche de verdad parecía que peor ya no podía ser. Teníamos pan, fuego, compañía y un agujero en el muro: un
universo entero para sobrevivir.
De la obra robamos un rollo de lona: pesado, polvoriento, pero para nosotros un regalo del cielo.
Con él levantamos una tienda, tensada sobre varillas como un gran toldo de tribu nómada.
El Mongol estaba feliz: ataba los nudos con tanta destreza que parecía haber pasado su vida no montando yurtas, sino ensayando para ese instante.
De los contenedores trajimos viejos colchones.
Algunos hundidos hasta el muelle, otros desprendiendo olores sospechosos, pero comparados con la losa desnuda, eran “lujo”.
El Baja, extendiendo un colchón especialmente gordo, declaró:
—Éste, chicos, son mis apartamentos-suite. Los demás, repartíos como podáis.
En un árbol fijamos un lavabo: una palangana esmaltada colgada de cadenas, hallada entre la chatarra.
Al lado el Ronco consiguió clavar un espejo enorme, también de la basura.
Ahora cada mañana podíamos vernos de cuerpo entero y plantearnos la eterna pregunta: «¿Seguro que ese soy yo?»
Para la intendencia usamos bidones de plástico.Íbamos a la fuente más cercana y cargábamos agua como si fuéramos una expedición en el desierto.
El Mongol llevaba dos a la vez y repetía orgulloso: —Yo camello. Muy haroshiy camello.
Por la tarde, cuando el fuego se reflejaba en el espejo, el campamento parecía un videoclip de punk: tienda de lona, colchones en la hierba, lavabo en el árbol y la banda sentada en círculo.
Todo al aire libre, bajo palmeras, detrás del boquete en el muro.
Cerca de la noche apareció el Ronco con cara satisfecha, casi astuta.
Tras cuchichear con el Baja, se volvió hacia mí: —Chaval, ¿puedes conducir un Camión KamAZ?
—Yo hasta un tanque —respondí—. Todo puedo. Solo que sin carnet, de nada.
—Aquí no hacen falta carnets —me guiñó.
Una hora más tarde, reunión en la hoguera. El Baja anunció oficialmente:
—Vamos a la faena. Vamos todos.
Y me entregó solemnemente un carrito con ruedas: —Tú al volante. Éste es tu KamAZ.
Y se rió tanto que casi saltó.
Todo el campamento se contagió de la carcajada.
El Mongol aplaudía como niño en circo. El Caníbal se secaba lágrimas.
A medio kilómetro de nuestro campamento estaba un supermercado Lidl.
Después del cierre, los trabajadores hacían inventario y toda la mercancía con fecha de caducidad “mañana” la sacaban en contenedores por la puerta trasera.
Cerca de medianoche empujaban los contenedores hasta la basura.
Allí ya se apiñaban los “generales de los arenales”: unos con chaquetas viejas, otros con carritos, otros con simples bolsas.
La bandada siempre lista.
En cuanto el contenedor salía a la calle, empezaba la clasificación.
Pescado a un lado, carne al otro, patatas y cebollas en cajas. Con coordinación, como si una orquesta militar ensayara un
desfile.
Nosotros también nos pusimos en fila.
Cada uno con su rol: el Ronco husmeaba las bolsas y asentía, el Caníbal comprobaba que el pescado no chorreara, el Mongol cargaba pesos, y yo, rojo como escolar, intentaba llenar mi “camión”.
Capítulo 16. ALMUERZO AL AIRE LIBRE
Alrededor paseaban tranquilamente parejas jóvenes, madres con niños, adolescentes.
Nadie se sorprendía: aquello era casi parte del paisaje local.
Solo yo me sentía avergonzado.
Me parecía que todo el parque me miraba y pensaba: «Míralo, nuevecito, todavía se corta».
El Ronco notó mi timidez y citó casi como un clásico: —Si no alargas la mano, alargarás las piernas.
Y añadió con dureza:
—No duermas, paisano, carga tu KamAZ. Yo no pienso alimentarte.
Es tu primera vez, se ve. No pasa nada, te acostumbrarás.
En la cárcel los primeros cinco años son duros, luego es como en casa —remató con sorna.
El Mongol asintió con filosofía: —Muy buenas palabras.
La caravana, repleta de víveres, llegó lentamente a la base.
Cargar todo eso fue pesado, pero dejarlo era aún más difícil.
Tras repartir la comida en cajas, caímos rendidos como después de cazar un mamut: cansados pero contentos.
Dormir al aire libre resultó sorprendentemente agradable.
Aire fresco, silencio, casi como en el bosque.
Solo a veces lo interrumpían las sirenas de la policía y el ruido de los trenes.
Por la mañana, el primero que vimos fue al Mongol. Mientras dormíamos, él no pudo quedarse quieto ante la
obra abandonada y acarreó ladrillos.
Ya casi había terminado de construir un fogón para una sartén gigante que había rescatado de un contenedor detrás de un restaurante.
Trajimos agua, limpiamos el hallazgo y nos pusimos a preparar un almuerzo festivo.
Cebolla, patatas, muslos de pollo, pescado e incluso pulpos —todo estaba envasado al vacío.
Y como todavía no teníamos nevera, la tarea era clara: había que comerlo todo de una vez.
El parque se impregnó del aroma de cebolla frita. En la sartén gigante, bañados en aceite de oliva,
hervían decenas de muslos de pollo.
Se doraban, y parecía que el Mongol iba a proclamar solemne la frase de Los caballeros de la fortuna:
—¡La comida está servida! ¡A comer, por favor!

Pero en lugar de eso, por el boquete del muro apareció la cabeza de un policía. Y detrás, otra.
Entraron con cuidado y se acercaron directamente al fogón con el Mongol.
Miraron alrededor y preguntaron qué hacíamos allí. Ninguno de nosotros era experto en español, así que
respondimos colectivamente: unos con palabras, otros con gestos.
Salió más o menos así: queríamos trabajar, pero por dificultades económicas no teníamos dónde vivir.
Por eso esperábamos aquí un futuro mejor, preparando el almuerzo.
El Mongol incluso invitó a los policías con un gesto hacia la sartén.
Los muslos se veían tan apetitosos que al inspector casi se le caía la baba.
Tragaba saliva una y otra vez y tosía, pero rehusó la comida.
Lo único que preguntó fue por la seguridad contra incendios.
Entendí a qué se refería y señalé las dos garrafas de agua:
—Si pasa algo, apagamos. Agua tenemos de sobra.
La ley no la infringíamos, la limpieza la manteníamos. Y la pobreza no es delito.
Los policías nos desearon buen provecho y se marcharon tranquilamente.
Para nosotros fue como recibir la ciudadanía oficial. Desde aquel día, almorzábamos y seguíamos de fiesta
hasta la madrugada.
Capítulo 17. REFUERZOS
Los rumores sobre nuestro campamento se propagaban no por días, sino por horas.
Y un día, en el boquete del muro, aparecieron nuevas cabezas.
Se asomaban con cautela a nuestra “dacha” y parloteaban en un idioma incomprensible.
Nosotros, sentados junto al fuego como dueños del lugar, los observábamos en silencio.
El Ronco, entornando los ojos, murmuró:
—Turistas, seguro. Ahora pedirán excursión.
—O competidores —corrigió el Baja—. También vinieron en campamento, quieren repartir metros cuadrados.
Las cabezas discutieron algo y por el hueco entraron dos: uno con gorra del “Real Madrid”, otro con guitarra al hombro.
Detrás se deslizó una chica con mochila llena de llaveros.
—¡Anda, hippies! —los reconoció el Caníbal y sonrió—. Ahora sí empieza la paz, la amistad y el chicle.
Los desconocidos hablaban deprisa, una mezcla de francés e italiano.
De todo entendí solo la palabra *camping*.
El Mongol asintió entusiasmado y con gestos señaló la tienda de lona y los colchones, como mostrando un hotel de cinco estrellas.
Los invitados se animaron, sacaron de sus mochilas una botella de vino barato y un par de baguettes.
Quedaba claro: venían en son de paz.
Diez minutos después ya compartíamos mesa junto al fuego.
El Ronco, partiendo la baguette, proclamó solemne:
—Bueno, chicos, ahora nuestro resort es internacional. Podemos colgar un cartel: Hostal La Dura Vida.
El Mongol asintió serio: —Muy buen negocio.
Tras comer y conocernos un poco, el Baja guió a los recién llegados más adentro del terreno.
Contó los pasos, midió con solemnidad y declaró: —Ésta es vuestra parcela.
Lo dijo como si entregara las llaves de un piso nuevo.
Luego, para sorpresa de todos, el Baja se transformó en virtuoso del lenguaje de signos.
Con las manos, gesticulando como director de orquesta, explicó las reglas de nuestro “resort internacional”.
La limpieza y el orden, ante todo.
Después logró representar casi todo el Antiguo Testamento.Cada movimiento era un mandamiento: “No robarás”, “No cometerás adulterio”, “No tendrás ídolos”.
El castigo: perder privilegios y ser expulsado de nuestro paraíso por el mismo boquete del muro.
Lo sorprendente era que todos lo entendieron.
Los franceses asentían, el italiano se llevó la mano al corazón, y la chica incluso sacó una libreta y anotaba algo —quizás pensó que era una clase de filosofía.
El Mongol, satisfecho, aplaudió: —Muy buena ley. Ahora orden.
Al día siguiente, dos africanos morenos arrastraron hasta el boquete dos enormes cajas de madera.A primera vista, ataúdes, solo que para gigantes. Pero en realidad las tapas se abrían, y dentro cabían
auténticos colchones.
Las negociaciones fueron largas: manos, pies, palabras sueltas.
El Baja, como diplomático experto, les asignó parcela. Pero los chicos negaron con la cabeza: no querían
construir.
Señalaron sus cajas: allí dormían mejor y más calientes que en tiendas.
Surgió un problema.
Nuestro “paraíso” tenía una sola puerta: el boquete del muro.
Y sus cajas no pasaban. El muro era alto como cárcel.
Tras breve consejo decidimos: los africanos dormirían justo fuera del muro.
Así nació nuestra “guardia tumbada” del resort.
Parecía que el Baja había fundado una sucursal del Palacio de Buckingham con su guardia propia —solo que, en lugar de gorros de oso, llevaban “ataúdes” de madera.
El Mongol resopló y concluyó:
—Muy buena guardia. Nadie entra, todos pensarán que es cementerio.
—Pues sí —rió el Ronco, masticando un muslo y mirando de reojo al guitarrista—. Pollos asados tenemos, canciones con guitarra tenemos… Solo faltan los gitanos con oso y balalaika. Sería una feria completa.
El francés trovador no entendió las palabras, pero captó la entonación y empezó a tocar algo alegre, parecido a una marcha nupcial.
El Mongol, feliz, aplaudía, y el Caníbal ya marcaba ritmo con un bidón vacío.
—Ya verán —dijo profético el Baja—, mañana aquí vendrá medio parque. El resort crece como levadura. Pronto tendremos nuestro registro civil, nuestro supermercado y nuestro propio Interpol.
—Y un oso —añadió el Ronco con la boca llena—. Solo sin balalaika. La balalaika la detesto.
Todos estallaron en carcajadas, la guitarra sonó más fuerte.
Y en aquel momento de verdad parecía que nuestro “resort” ya no era un campamento de vagabundos, sino un festival internacional al aire libre.
Cada mañana íbamos a la estación con la esperanza de encontrar algún trabajo.
Las caras ya eran conocidas.
Por las mañanas la estación parecía un mercado de esperanzas.
Un tipo agitaba un papel con la palabra Habitación y gritaba como si ofreciera un hotel de tres estrellas.
Al lado, una abuela con bolsa buscaba inquilinos, susurraba a cada transeúnte:
—Solo sin perros y sin música.
Escuchábamos esas negociaciones y entendíamos: todo dependía del dinero, y nosotros teníamos tanto como boletos al cine en la Luna.
El Ronco comentó con filosofía:
—Unos tienen trabajo sin dinero, otros dinero sin trabajo. Y nosotros ni lo uno ni lo otro. Pero sí libertad.
El Baja asintió: —Y resort.
Alrededor se oían conversaciones: unos planeaban ir a las plantaciones de naranjas, otros soñaban con entrar en la construcción, otros llevaban tres meses buscando cualquier empleo y viviendo a base de bocadillos con mayonesa.
A veces aparecían “agentes”: tipos turbios que prometían montañas de oro.
Por un pequeño “pago de entrada” te conseguían hasta la presidencia.
El Mongol casi se apuntó una vez, hasta que lo frenamos.
—¿Y qué? —se defendió—. Ser presidente es muy buen trabajo. Mucha comida y televisor.
Reímos, pero por dentro era amargo.
En los ojos de cada uno brillaba la esperanza: quizá hoy tengamos suerte.
Capítulo 18. INCIDENTE INTERNACIONAL
Pero aquel día, en vez de trabajo, llegaron dos nuevos huéspedes.
No estaba en los planes apretar más un camping ya saturado, pero los chicos resultaron generosos: invitaron tanto, que al anochecer casi marchábamos cantando de regreso a la base.
—Éste es nuestro resort, detrás de ese muro —dijo orgulloso el Mongol—. Y la entrada, allá en la esquina.
Sin escuchar hasta el final, el borracho Yeka de repente echó a correr y saltó directo sobre una caja de madera para impulsarse y trepar el muro.
El problema: la tapa se rompió con estrépito.
Un alarido desgarrador sacudió el lugar.
Gritaba el africano adormilado que dormía en su “ataúd” de madera.
Pero Yeka lo superó, aullando de puro pánico, erizando a todos.
Se le pasó la borrachera en el acto.
Una fuerza extraña —alcohol o terror— lo catapultó a la cima del muro.
Desde allí, temblando, miraba cómo en la caja algo negro, furioso y muy vivo maldecía en idioma desconocido y trataba de salir.
—¡Madre mía… un zombi! —balbuceó Yeka, persignándose con hipo.
El Ronco, sofocado de risa, apenas pudo toser:
—Ya llegó… ¡Circo con caballos y horror en un solo paquete!
«Esto es guerra», pensé yo.
La imagen era clara: de noche nos lanzarían lanzas y nos asarían en la hoguera.
Pero entonces el Caníbal actuó como auténtico ministro de Exteriores.

Corrió a nuestro almacén y volvió con un montón de bolsas de patatas fritas, salchichas y lo que encontró.
El conflicto internacional se resolvió en minutos.
El africano asustado se sentó en la hierba, comía patatas y lloraba —quizás del susto, quizás porque se quedó sin cama.
Pronto trajimos palés y herramientas.
La caja fue reparada, incluso más firme que antes — como si Yeka la hubiera testeado.
Pedimos disculpas, pagamos la multa en víveres y juramos que en adelante saltaríamos solo en lugares habilitados.
Quedaba un asunto: bajar al propio Yeka del muro.
Todo ese tiempo seguía colgado al cemento, con ojos de búho y boca abierta como para entonar el himno soviético.
—¡Bajadme, cabrones! —rugió al fin—. ¡Ya estoy sobrio!
El Mongol, sonriendo, le puso una escalera:
—Muy haroshiy experiencia. Ahora tú también guardia.
En la cena junto al fuego, el Ronco no resistió y volvió al tema de la disciplina.
Sacó nuestro “código del campamento”, un cuaderno de cuadros, y tras leer un par de puntos añadió:
—Aquí, chicos, todos vivimos. Y en cajas, y hasta en la hierba —nuestros hermanos menores. Así que, a mear, no contra el muro, sino allá, al baño.
—¿Y en la hierba quién vive? —preguntó asustado Maxim.
—Gnomos —respondió serio el Caníbal—.
Y que a nadie se le ocurra orinarles en el gorro. Nos hunden a todos. Son pequeños, pero feroces.
El Mongol asintió grave: —Como policía en Suiza.
Un silencio denso cayó.
Todos miramos hacia la oscuridad bajo el muro, como esperando ver a diminutos guardianes con gorros puntiagudos.
Y de golpe toda la compañía estalló en carcajadas. Hasta los africanos, asomando desde sus “tumbas” de
madera, reían con lágrimas.
Los días y semanas se arrastraban como cardos rodando —entre búsquedas de trabajo y del pan nuestro.
La diversión en el camping solo maquillaba el vacío: no podía reemplazar el calor del hogar.
Íbamos a la estación, husmeábamos en supermercados, de noche buscábamos comida caducada como sombras.
Reíamos, gastábamos bromas para no volvernos locos. Pero tras esa ligereza cada cual escondía su nostalgia
—por casa, por familia, por la simple sensación de que alguien te esperaba en algún lugar.
Y al fin llegó mi día.
Nada lo diferenciaba de otros, pero en la estación, en el parque, se me acercó una mujer.
Dijo que su empleador buscaba montador de muebles, armarios empotrados, en pisos nuevos del sur de España, junto al mar.
Yo, sin pensarlo, contesté que toda la vida había hecho eso.
Lo esencial es querer y dar el primer paso. Lo demás se acomoda.
—Bueno —gruñó el Caníbal—, todos nos dispersamos. ¿Y quién queda al cargo? El camping no se cuida solo.
Hace falta orden, o se viene abajo.
—¿Quién se pierde sin nosotros? —entornó los ojos el Ronco.
—Hasta los gnomos —rió el Caníbal—, esos que viven en la hierba. También necesitan guardia.
—Ajá —asintió el Mongol—, y las hadas se ofenderán si no sacamos la basura.
El grupo rió, y por un instante todo fue más ligero.
—¿Tú no eras mecánico? —se sorprendió el Mongol.
—No solo mecánico —sonreí—. Si hace falta, cirujano. Lo que busco es colectivo, gente, trabajo.
Ellos me siguieron con la mirada en silencio.
Daba pena separarse, pero tampoco podía quedarme allí para siempre.
Yo tenía un objetivo.
El coche otra vez me llevaba a lo desconocido.
Pero en el pecho ardían esperanza y la expectación de una vida nueva.