INVIERNO
El crujido de la leña en la estufa deshizo el sueño dulce. Madre ya andaba trajinando desde antes del alba en la cocina, preparando el desayuno para todos. —Sasha, levántate —llamó—, es hora de ir a la escuela. Yo fingía dormir y no oírla. Afuera apretaba la helada: flotaba una niebla azulada, los árboles estaban blancos de escarcha, y los cristales de las ventanas lucían dibujos de colores, como si alguien hubiese pintado sobre el vidrio durante toda la noche. Bajo la manta, en cambio, había calor y sosiego. El gato Danilo ronroneaba su nana felina, pegado a mi costado, pesado y tranquilo. Y no había ninguna gana de levantarse. перевод La ventisca había estado golpeando los cristales toda la noche; seguro que había amontonado mucha nieve. —¿Y si hoy no voy a la escuela? —pregunté, frunciendo la nariz, a mi madre. —Todos van, y tú también irás —respondió—. No seas flojo, o te quedarás ignorante y acabarás en el koljós retorciéndoles la cola a los toros. Lo dijo sin maldad, como se decía entonces. Yo me calcé en silencio las botas: pesadas, torpes, como si me estuviera probando un destino ajeno. El olor a leña, a pan caliente y a té todavía me retenía dentro de la casa, pero la puerta ya estaba esperando. Al cruzar el umbral, el mundo era blanco y sordo. Seis kilómetros hasta la escuela. Estaba en el pueblo vecino, al otro lado del bosque. Y aquel bosque no era simplemente un bosque: era inmenso, oscuro, silencioso. Empezaba justo al salir del pueblo, sin aviso. El humo de las chimeneas quedaba atrás y, con él, todo lo humano. Me detuve en el borde del bosque. La nieve crujía bajo mis pies demasiado fuerte. Los árboles estaban apiñados; los troncos negros subían hacia arriba como columnas. El viento caminaba entre ellos y susurraba, como si el bosque tuviera su propia vida y sólo dejara pasar a quien le diera la gana. Yo apretaba la correa del maletín y avanzaba, porque volver era vergüenza, y seguir era miedo. Y entonces apareció algo auténtico. Primero, un olor: tibio y húmedo, ajeno. Luego, unas huellas profundas, pesadas, no humanas. El corazón me golpeó tan fuerte que parecía que el bosque podía oírlo. Me quedé quieto; el frío dejó de ser frío y se volvió filo. Crujió una rama en alguna parte. No fue el viento: el viento no duda así. Salió de entre los árboles despacio. Grande, oscuro, vivo. El vaho le subía de la boca; los ojos le brillaban bajos, sobre la nieve. Nos miramos en silencio y, en ese instante, el mundo se encogió hasta ser dos criaturas en medio del bosque. Yo no podía correr ni gritar. Sólo estaba allí, sintiendo cómo algo se rompía dentro de mí: no un hueso, no… la infancia. Dio un paso y se detuvo. Luego giró la cabeza, como si hubiera oído algo distinto, inaccesible para mí. El momento se estiró como una eternidad. Y entonces se dio la vuelta y se internó en el bosque, llevándose mi ingenuidad consigo. Me quedé allí mucho rato; después me senté en la nieve y por primera vez entendí: yo estaba vivo no porque hubiera sido valiente, sino porque el mundo, a veces, permite. Era un alce enorme. De pronto, desde el lado del pueblo, llegó un murmullo. Al principio lejano, luego cada vez más cerca. La oscuridad y el silencio se rompieron con lucecitas: un grupito de chicos venía por el camino con antorchas en las manos. Se acercaban y, con cada paso, el alma se tranquilizaba. Vania, Petrik y Kindrat. Nombres simples, pero entonces sonaban como un amuleto. Alguien reía, alguien llamaba a voz en cuello, y el bosque retrocedió: volvió a ser sólo bosque. Caminamos juntos, dejando tras nosotros huellas compartidas que la nieve borraba rápido. Las antorchas chisporroteaban, y en ese chasquido ya no había miedo: sólo calor. Y aunque yo no lo sabía entonces, aquella mañana se quedó conmigo para siempre: como un recuerdo que duele y, a la vez, ilumina. Cincuenta años después, mi yerno bromeará, sentado en un restaurante donde las lámparas alumbran suave y, tras la ventana, ya no se oye ni ventisca ni bosque: sólo la ciudad respira, tranquila y saciada. Sonreirá, alzará la copa y dirá con ligereza, casi como al pasar: “Seguro que querías estudiar muchísimo, si caminabas tan lejos”. Y en esa frase no habrá maldad: sólo lógica moderna, cómoda, lisa como el asfalto. Yo le sonreiré de vuelta, porque aprendí a no pelear con las bromas, pero algo dentro de mí se estremecerá en silencio, como entonces, en el bosque. No, yo no estaba encantado con aquel aprendizaje. No había hazaña, no había romanticismo, no había el sueño de saber por saber. Había frío, miedo, camino a través de la oscuridad y un deber que no se discute. Aquello era el único y gratuito Harvard para unos cuantos pueblos: no de bibliotecas y profesores, sino de botas de fieltro, antorchas y mañanas que empezaban mucho antes de la luz. Y así lo ordenó mi madre. No porque fuera cruel, sino porque no conocía otra oportunidad y no podía permitirse la debilidad. Yo entonces no lo entendía; ahora lo entiendo demasiado bien. Y cuando la risa del restaurante se apaga, por un instante regreso allí: donde seis kilómetros parecían una eternidad, donde el bosque miraba a los ojos, donde el saber no prometía felicidad, pero daba derecho a seguir andando. En ese recuerdo hay dolor. Y hay luz. Y hace tiempo que aprendieron a vivir juntos.